martes, 12 de agosto de 2014

LA CASA DEL GUARDIA

Antes de encenderse las luces de la escena, hay una pequeña cámara de vigilancia en
una pared de lo que sería el comedor, un foco de luz amarilla la alumbra antes de que
la obra empiece
Cuando la obra comienza se encienden las luces del escenario. Es un comedor familiar
convencional. Hay una mesita entre sillones y un sofá más grande a la izquierda.
Tambien hay una puerta a la derecha que da a la cocina (la cocina no se ve, solo se ve
el comedor) a la izquierda está la puerta de entrada a la casa)
Suena el timbre, y una mujer (Ana) sale de la cocina y abre la puerta. Ella lleva un
delantal y un escote muy bajo, por debajo del delantal tiene un vestido rojo, es
atractiva. Tiene una voz aguda y parece un poco ingenua aunque con mucho
desparpajo

Juan – (ha tocado el timbre, lleva un abrigo marrón, una maleta y se nota que lleva
puesto un peluquín. Es gordo y bajo, bastante inseguro y un poco basto al hablar) Hola
(sorprendido al ver a la chica) Que tal, ¿usted es?

Ana- ¡Sí! Encantada (le da la mano) Pasa hombre, que te vas a morir de frio ahí fuera

Juan – No, si voy preparado (vacilando y tocandose el abrigo) (silencio) Pero usted...
¿No podría salir el señor...?

Ana- ¡Pasa hombre! (se rie) (pone los puños cerrados en sus costados) tú eres Juan
¿no?

Juan – Sí, soy Juan (sorprendido y extrañado)

Ana – Pues venga, que te vas a enfriar

Juan – Pero oiga, yo... He quedado con el señor Luis (hablando para si mismo y
desconcertado) Sí, he quedado con el señor Luis.

Ana – Pues claro, has quedado con Luis. Venga, entra

Aparece Luis en escena, llega también desde la cocina. Va muy bien arreglado, es
delgado y apuesto, confiado al hablar.

Luis – Oh, Juan, le estoy esperando toda la tarde ¡Qué gusto verle por fin! (le estrecha
la mano) Esta es Ana, mi esposa.

Juan – Encantado (a Ana)

Ana – Encantada (a Juan)

En toda la obra Luis se dirige a Juan hablándole de usted, pero Ana le tutea. Juan se
dirige a usted a todos los personajes. Ana y Luis se tutean.

Luis – ¿Pero qué hace ahí fuera? Ana, ¿por qué no le hiciste pasar? (Ana no contesta)
Traiga su abrigo, lo pondré en el perchero (le quita el abrigo servilmente) por favor
Juan, siéntese donde quiera.

Juan – Si quiere podemos tomar un café fuera, hay un bar en la esquina

Luis – (le interrumpe) Usted ahora está en mi casa. Además, hace un frío horroroso ¿o
no? ¿Cómo le gusta el café?

Juan – Es muy tarde para café (Ana mira a Luis un poco desconcertada)

Ana – yo traeré algo de picar (va a la cocina)

Luis – Bueno Juan, ya conoce mi casa

Juan – (hablando en voz baja) Creía que íbamos a estar solos

Luis – Y lo estamos, Ana es mi esposa, compartimos todo en nuestra vida

Juan – No sé, no lo esperaba (suspicaz) No sé si debería fiarme de usted

Luis – Pero Juan, por favor, le he invitado a mi casa ¿Cómo puede decir eso?

Juan – Es solo, oh cielos, perdona (se sulfura). Es que esta situación me pone un poco
nervioso. Me lo esperaba de otro modo, aunque reconozco que estaba preparado para
cualquier sorpresa. Y este barrio es desconocido para mí, me he perdido durante
media hora, y las farolas alumbraban tan poco. Además, el silencio, no sé si me hace
sentir un poco mal ¿no le pone nervioso tanto silencio?

Luis – Todo lo contrario, nos encanta el silencio. Toda mi vida residí en ciudades
ruidosas, estudié en Madrid y residí casi veinte años en Bruselas, a penas llevamos aquí
un año. Pero le digo que no he encontrado lugar más reconfortante que esta
residencia

Juan – ¿Entonces son ustedes felices?

Luis – Por supuesto, enormemente

Juan - ¿No piensan tener hijos?

Luis – Oh Juan, por favor, de momento no. Pero dónde están mis modales, ¿había
dicho que se encontraba mal? ¡Ana, trae un vaso de agua! (grita para la cocina). No
entiendo cómo no le puede gustar este barrio. El silencio, bueno…, supongo que no
está acostumbrado, jamás ha habido un altercado en este lugar.

Juan – Ya, supongo que no. Esto, por cierto, ¿Por qué hay una cámara de vigilancia
dentro de la casa? ¿es suya?

Luis – (silencio mientras reflexiona) hay cosas que ni usted ni yo podemos entender de
primeras (dice mientras le ofrece un cigarrillo a Juan, lo rechaza y se enciende el suyo),
pero, por supuesto, claro que es mía.

Juan - ¿A qué se refiere?

Luis – Solo le pido que sea discreto, mi esposa nunca se ha dado cuenta de su
existencia.

Juan - ¿Pero por qué no se lo ha dicho? ¿es una cámara gigante, algún tipo de efecto
tendrá en ustedes?

Luis – (interrumpiendo) He dicho que no le diga nada, es muy importante que no diga
nada en absoluto

Juan – Pero si está a simple luz...es co..(mira a Luis y decide no hacer más preguntas y
cambia de tema) Veo que también tienen contratado un buen servicio de vigilancia,
muy eficiente.

Luis - ¿Por qué lo dice?

Juan – El hombre de la valla, el guardia, es corpulento y tiene aspecto agresivo,
cualquier ladrón se achicaría al verlo, además tiene un ojo muy dotado

Luis – Ya veo ¿Un ojo muy dotado?

Juan – Sí, se dio cuenta de que llevaba peluca y a penas me dirigió la mirada, miraba
abajo mientras yo le hablaba, al escritorio. Sin embargo, en mitad de nuestro breve
diálogo dijo despreocupado: su pelo le queda fatal, debería impedirle el paso, solo por
eso. (Luis se rie ante la anécdota) (Juan sigue hablando y se altera un poco cuando el
discurso avanza) Mi padre decía que en esta vida había que fiarse de la gente honesta,
ese hombre me resultó algo grosero, pero creo que fue honesto. Aunque mi madre,
ella no estaría de acuerdo con él (pausa) ¡era una arpía, una golfa! (pausa) aunque
paradójicamente era ella la que siempre se quejaba de que mi padre escondía cosas y
de que fuera un cobarde. En realidad se quejaba por quejarse, él era un cabrón de
mierda y no iba a cambiar ¿me oyes? (a Luis) él no iba a cambiar, ¡bajo ningún
concepto!…

Ana – (interrumpiendo) Aquí tenéis el agua, es agua natural (entra con una bandeja)
también traje unas pocas fresas y unos arándanos. ¿Os apetece algo más? (Ana y Luis
miran a Juan)

Juan – No, no, gracias. Todo está genial (mira hacia abajo)

Ana - ¿De qué hablaban?

Luis – Juan me decía que le gustaba mucho la casa y también nuestro servicio de
seguridad

Ana – Muchas gracias Juan, la verdad es que vivimos en un sitio idóneo para tener
hijos, por eso lo seleccionamos (coge la mano de Luis que se siente algo incómodo)

Luis – (desviando el tema) eh, bueno, deberíamos empezar a picar algo

Juan – No tengo hambre

Ana – Bueno Juan, deberías comer, cuando estaba en la cocina oí que estuviste
perdido media hora en el barrio, seguro que ahora estás hambriento, y además con
este frío…

Juan- Tengo un buen abrigo, y la verdad, no tengo hambre (silencio breve) pero
gracias.

Ana y Luis comen, Juan mira al suelo y nadie dice nada

Ana - ¿Y bien?

Juan - ¿y bien? ¿Y bien qué?

Ana – Que qué te pasa.

Juan – Pasarme, no sé, no me pasa nada

Ana - ¿Y mis fresas? ¿Por qué no comes mis fresas?

Luis – (le habla suave a Ana) Ana, deberías intentar ser más suave. ¿Qué es lo que
quieres conseguir?

Ana – Yo solo, es que, me preocupa (se pone las manos en la cara) no quiso pasar
cuando tú no estabas, y ahora las fresas. yo solo quiero ser una buena esposa, joder
¡joder! (juan coge una fresa de la fuente y se la mete en la boca intentando complacer
a Ana tardíamente).

Luis- (Le sigue hablando lento) Ana, bueno, ya está bien, ya está bien (pone su mano en
el hombro, se quedan un rato en silencio y ella se calma) Venga, no te preocupes,
ahora levántate y empieza de nuevo, vuelve a la cocina

Ana – (se levanta del sofá y se limpia las lágrimas burdamente con el brazo
desmangado) Vale (coloca las cosas de nuevo en la bandeja, saca también la fresa de
la boca de Juan y vuelve a la cocina)

Juan está nervioso y toca inquieto el respaldo del sillón

Luis – (hacia la cocina) ¡Ana, trae un vaso de agua!. (A Juan) No se preocupe, esta vez
tardará menos que la vez anterior. ¿Qué estaba usted diciendo?

Juan – Esto, yo…pues

Luis – Estábamos hablando del guardia de seguridad. También me habló sobre su
padre y su madre, me resultó muy interesante lo que estaba diciendo. Puede proseguir
si así lo desea.

Juan – Verá, yo solo traigo la maleta con el dinero, con todo lo que me requería por el
servicio

Luis – (muy serio hablando) el servicio, ajam, ¿y qué quiere que hagamos?

Juan – ¿Cómo que qué quiere…? Usted, yo, lo hablamos por internet, ¿no?, aunque no
sabía que tenía una esposa, no sabía tampoco que me iba a encontrar con esto, de
verdad que no. Se nota mucha tensión

Luis - ¿Le molesta mi esposa?

Juan – No, no, en absoluto. Además…

Luis - ¿Además? (Juan no contesta y Luis lo interroga con la mirada) ¿Además qué?

Juan – Nada, nada. Creo que debería irme (se levanta con la maleta)

Luis – (también se levanta y lo increpa inmediatamente) Pero usted ha venido por el
servicio, ¿no?

Juan – (recapacita, y deja de avanzar) Sí, sí, así es

Luis - ¿Y por qué se quiere ir? (Juan no se mueve) ¿Ya no le interesa?

Juan – Sí, claro que sí

Luis – Pues siéntese (Juan le hace caso, él se sienta después). Claro, que va a haber un
problema muy grande si no le gusta mi esposa

Juan – Su esposa sí me agrada, es solo que no la esperaba

Luis - ¿Y eso es malo?

Juan – No es malo. No, en absoluto. Es más…

Luis - ¿Sí?

Juan – Que es una gran sorpresa, la verdad. Ha sido una gran sorpresa (sonríe)

Luis - ¿Entonces sí le gusta? (se acerca a él, como acechándole, pero no deja de sonreir)

Juan - ¿Qué si me gusta? Por supuesto, nada mas verla. (Habla fogoso y termina
hablando embelesado) Tiene unos labios carnosos muy muy dulces, y cuando fue a la
cocina, joder, tiene un culo precioso.

Luis – Vaya, entonces sí que le gusta, Juan (Juan no responde, sigue embelesado). Juan,
Juan, ¡oye! (chasquea con los dedos enfrente suya). Digo que entonces sí que le gusta,
¿eh? (Juan asiente con la cabeza). Pero la va a respetar, ¿no?. ¿Va a respetar a mi
esposa Juan?

Juan – Sí, sí, claro

Luis – Pero Juan, usted había venido por el servicio ¿no?

Juan – Sí

Luis - ¿Sí? ¿Seguro?

Juan – Sí, seguro seguro

Luis – No se habrá arrepentido, ¿no? (mira a Juan fijamente)

Juan – (silencio) No, claro que no.

Luis - ¿Seguro que no? Porque no le veo muy seguro Juan (comienza a hablar más
agresivamente y se acerca a él). usted ha venido aquí porque quería una cosa
concreta, ¿no? ¿Qué es lo que quería? ¿Ya no se acuerda?

Juan – Claro que sí, sí me acuerdo

Luis – Pero se arrepiente. ¿No es verdad? (le coge de la pechera)

Juan – No señor Luis, no me arrepiento en absoluto

Luis – No me gusta que jueguen conmigo Juan, yo le he dado mi confianza (silencio) ¿O
no le doy confianza?

Juan - Sí, sí claro (mira a un lado)

Luis – Y ahora me trata con una condescendencia que no merezco. Si yo respeto sus
cosas usted debes respetar las mías. En ningún momento me he olvidado del servicio,
pero me gustaría ser transparente, enseñarle previamente mis condiciones de vida. Le
he enseñado mi casa, le he presentado a mi esposa, Juan (lo coge de nuevo más
agresivo) ¿Así es como valora mi confianza? ¿Acaso yo no le respeto? ¿Acaso yo quiero
expropiarle algo? Dígamelo ¡Dígalo! (lo zarandea)

Ana vuelve con la bandeja

Ana - (interrumpiendo) Aquí tenéis el agua, es agua natural (inmediatamente Juan y
Luis se serenan y vuelven a sus sitios como si nada hubiera pasado) también traje unas
pocas fresas y unos arándanos. ¿Os apetece algo más? (se acerca a la mesa y pone las
cosas sobre ella. Al dejar la bandeja en la mesa Juan se lanza sobre las fresas y
empieza a comérselas vorazmente de dos en dos).

Ana – Uy uy, sí que estabas hambriento, eso debe de ser por el frio (Silencio) ¿Y de qué
hablábais?

Luis – Juan me estaba diciendo que le encanta el servicio de seguridad, el vecindario y
que le cayó muy bien el guardia

Ana - ¿El guardia?

Luis – Sí, cariño, el guardia, el guardia (silencio) Ángel (aclara susurrando)

Ana – Aaaahhh, ¡Ángel!, sí, (ríe intensamente) le cayó bien ángel (Luis y Ana se rien con
complicidad)

Juan – (Prestando atención súbitamente y vaciando la boca de fresas) ¿Qué pasa?

Ana - ¿Y qué te dijo ángel?

Luis - sí, eso eso, cuéntele lo que le dijo.

Juan – Me dijo… ¿El hombre de la valla no?

Luis – Sí, venga, cuéntele lo que me contó a mí

Ana – Venga, venga (aplaude como una niña, animándole)

Juan – Me dijo que… (se toca la cabeza y habla muy triste) dijo que el peluquín me
quedaba muy mal (Ana y luis rien cruelmente)

Luis – Bueno Ana ¿Qué te parece?

Ana - Graciosísimo, y también bastante ridículo (rie)

Luis – Entonces Juan te cae bien ¿verdad?

Ana – Sí, me cae muy muy bien (riéndose)

Luis – venga, ayúdame a darle su servicio, este es el momento perfecto ¿Me quieres
ayudar? (a Ana)

Ana - Sí, sí claro (da saltitos de alegría)

Luis - vamos, trae los instrumentos (Ana va corriendo a un armario del comedor y
busca en un cajón) y usted (a Juan) pongase aquí (lo lleva al sofá mas grande, lo pone
de rodillas y apoya sus manos en el sofá, lo deja a cuatro patas) No debe preocuparse
en absoluto, no le va a doler, solo relájese, déjese ir ¿Se siente deseoso?

Juan – Sí, mucho, muy deseoso señor Luis.

Luis – Muy bien, muy bien (le acaricia el pelo lascivamente y se empieza a desabrochar
el cinturón)

Ana – Aquí está (saca un bote de lubricante y un látigo). Un lubricante (da saltos de
alegría) ¡Y un látigo! (lo dice más efusiva aún)

Luis – No, no. El látigo no hace falta

Juan - ¿Látigo?

Luis – (le toca la espalda para tranquilizarlo y le habla despacio) No se preocupe, todo
va a ir bien.

Juan - ¿qué coño os habéis creido? Nadie habló de un látigo

Luis – Lo sé, pero no se preocupe, solo fue un error

Juan - ¡Cómo sacáis un látigo, malditos! ¡ilusos! Dije claramente que no quería un
látigo, lo dije claramente

Luis – Claro que lo dijo claramente (A Ana) Ana, lo dijo claramente y yo también lo dije
claramente

Ana se echa a llorar y se arrodilla en el suelo

Luis – Discúlpeme (a Juan) (se acerca a socorrer a Ana, se arrodilla a su lado
consolándola) No pasa nada, Ana. No pasa nada, lo has intentado al menos.

Ana – Lo siento, lo siento mucho.

Luis - ¿Qué ha pasado? (consolándola) te lo dije muy expresamente, hablamos sobre
las consecuencias

Ana – Lo sé, sabía que no tenía que hacerlo, pero...

Luis – ¿Pero qué?

Ana – No lo sé, solo lo saqué. Lo vi y cuando lo vi no lo pensé, era lo que quería.

Luis – Pero lo habíamos hablado. No es la primera vez que te pasa. Siempre tenemos el
mismo problema (sulfurado)

Ana – Lo sé, lo sé. Oh no, soy una esposa horrible, joder ¡Joder!. Siempre estoy
jodiéndolo todo (alterada)

Luis – Venga Ana, (le habla lentamente para clamarla) solo levántate y ve a la cocina,
volvemos a intentarlo, venga.

Ana – (se calma de nuevo y se seca las lágrimas) Vale (se levanta y coge el agua y
coloca las cosas en la bandeja, de nuevo va a la cocina con la bandeja).

Luis – (está en el suelo desde donde ayudó a Ana, Juan sigue arrodillado ante el sofá)
(hacia la cocina) ¡Ana, trae un vaso de agua! (a Juan) Tiene que disculparme, Juan (le
ayuda a levantarse y le coloca bien el traje) ya sabe como son las mujeres, no dan más
que problemas (lo coge del hombro para volver a la mesa y los sillones y le ayuda a
sentarse amablemente) Pero yo sé que usted me entiende. (Va a su sillón y se sienta y
repite el ritual del cigarrillo, le ofrece uno a Juan, Juan lo rechaza y él empieza a fumar)
¿Y usted Juan? ¿está casado? ¿tiene hijos?

Juan empieza a llorar

Luis – ¿Qué le pasa? Dios Santo (saca unos pañuelos y se los pasa)

Juan – No, acabo de divorciarme

Luis – Oh, no. Lo siento mucho ¿Entonces tiene hijos?

Juan – Sí, tengo dos, pero me detestan, su madre ha hecho que me odien.

Luis – Lo entiendo, Juan. Tiene que ser muy duro. Nos gustaría ayudarle

silencio

Juan – Lo están haciendo, creo que lo hacen. A vosotros se os ve tan bien

Luis – Oh, también tenemos nuestros rifirrafes. Pero claro, Juan, no tiene nada que ver

Juan – De verdad, Luis, lo digo de verdad. Tiene una mujer estupenda, un barrio
increíble. Creo que es el hogar de mis sueños. Se os ve tan bien (silencio) no había
apreciado el silencio hasta ahora.

Luis – Gracias, Juan. Gracias, de veras

Juan – Si quisieran tener hijos, ellos serían felices, muy felices. Felices y afortunados
por tener unos padres como ustedes.

Luis - ¿De veras cree que seríamos buenos padres?

Juan – Por supuesto

Luis – Ser padre, ser padre es una idea que no se debe tomar a la ligera, nosotros solo
hemos estado casados treinta años.

Juan - ¿Y por qué no quiere tener hijos?

Luis – No estoy seguro. Estamos bien, no necesitamos ninguno (fuma). Conmigo y con
ella basta (serio), no queremos ningún mocoso.
Juan – Usted (dócil y sensible) usted sería un buen padre

Luis – ¿Por qué no se comió las fresas de mi señora cuando se las ofreció?

Juan – Creía que estaba olvidado, no quisiera que me juzgara por eso. No supe de su
importancia; pero estaban muy buenas. Señor luis, luego me las comí todas (silencio)
No estará enfadado ahora por que me las comí casi todas ¿no?.

Luis – Tenía que habérselas comido cuando se lo dijo ella. Ella es mi esposa, le
pregunté si la respetaba.

Juan – Yo la respeto, se lo juro. Es más, ustedes, ustedes... si fueran mis padres yo os
respetaría mucho (Luis aleja su cigarro y lo escucha atentamente) Es más Luis, ya le he
hablado de mis padres. Usted, yo... me gustaría tener unos padres como ustedes.

Luis – ¿De veras? (súbitamente alegre, aunque inclinándose a la mesa, da la sensación
de que quiere controlar la conversación) Venga, dígame qué es lo que más desea en
este momento, dígame qué desea hacer por encima de cualquier cosa. No disimule,
Juan, hay muchas cosas que todavía no sabe (señala a la cámara de vigilancia); No
estamos aquí para mentir. Solamente dígame; si tuviera la opción de hacer una cosa
sin ningún tipo de censura o restricción ¿qué haría?. Eso que usted piensa en privado y
quizá tenga reparo en decir. Solo dígamelo, dígamelo y seremos amigos para toda la
vida.

Juan – Su mujer, Luis. Su mujer

Luis - ¿Mi mujer?

Juan – Sí señor Luis, ella no se rie de mi peluquín, se ha fijado en él casi toda la noche,
pero siento que me respeta.

Luis- Pero creía que tenía claro cuales eran mis servicios. Creía que estaba claro desde
el principio.

Juan – Y lo está, pero usted me ha preguntado…

Luis - ¿Qué?

Juan – “Dígame ¿Qué es lo que más desea en este mundo?”. Muchas veces creo que
tengo claro qué es lo que quiero (toca su maleta) mi mente me lleva a ello. Por eso le
contraté, por eso vine, y aunque estaba nervioso sabía que tenía que hacer uso del
servicio. Es más, (pensativo) todavía lo deseo desesperadamente. Pero ahora que le
tengo aquí enfrente (reflexiona)... No esperaba a su mujer, Luis. Pero creo que es lo
que más necesito, sabe. Es solo, que mirando más allá, si intento ser honesto conmigo
mismo, su mujer es lo que más deseo, y reconocerlo es lo más sano (se señala el
corazón y le sonríe a Luis).

Luis se levanta dubitativo y se toca el mentón. Mira a la estantería desde donde
sacaron el lubricante y cierra el cajón. Se gira hacia Juan y lo mira
Luis – Pues usted ha venido por un servicio (con agresividad creciente). Es un traidor, y
ahora me va a pagar (se tira a por el maletín y Juan se resiste a soltarlo, ambos
forcejean)

Juan – No, el maletín es mío, maldito cerdo.

Luis – Ha gastado mi tiempo y ha jugado conmigo, ahora me pertenece

Juan - ¡Son mis ahorros!¡es para los estudios de mis hijos! ¡Yo decido qué hacer con
ellos!

Luis – Ya no puede volver atrás, es un maldito cabrón amariconado (se tiran del pelo)
Ana aparece con la bandeja

Ana – (interrumpiendo) Aquí tenéis el agua (entra con una bandeja) también traje unas
pocas fresas y unos arándanos. ¿Os apetece algo más?

Luis y Juan se vuelven a sentar en los sillones como si nada hubiera pasado. Tienen el
pelo y los trajes alborotados

Ana - ¿Qué os ha pasado? ¿Estábais hablando?

Luis – Juan me estaba hablando de la honestidad, considera que el guardia, Ángel
(aclara a Ana), es muy honesto ¿Estás de acuerdo?

Ana – La verdad Luis, no me gustaría seguir hablando de Ángel

Luis – (sorprendido) ¿Por qué?

Ana – Puede ser que Juan no quiera hablar de eso

Juan – Estas fresas están muy buenas (come una fresa delicadamente)

Ana – Muchas gracias, las compré en el mercado esta mañana, están fresquísimas

Luis – (a Ana) ¿Pero tú sabías que Juan piensa que la honestidad es tolerable incluso
cuando se es grosero? (lo ignoran)

Juan – (a Ana) Vaya vaya, me deberías decir qué puesto es, a mí me encanta ir al
mercado, a veces paseo por el rio de camino al mercado de mi casa

Mientras hablan Luis se levanta del sillón y apoya su mano en él.

Luis – (a Ana) ¿Sabías que era su padre el que le dijo que valorara a la gente honesta?
(termina la frase con tono burlón) (lo ignoran)

Ana – Eso es muy bonito, a mí también me encanta pasear. A veces me llevo un libro
(acentúa mucho la palabra libro) y siento la brisa por mi cuerpo mientras disfruto de la
lectura al aire libre (Juan la mira y la observa embobado)
Luis – (a Ana) Su madre era una zorra y su padre un cabrón. Y él es un miserable. Es un
miserable porque finge su victimismo para disimular su ambición, le gusta la
humillación, pero todo es una máscara, ¡una mentira! (ha gritado y Ana y Juan fingen
que no lo oyen, como si hubiera desaparecido).

Juan – (a Ana) está bien disfrutar de ese tipo de cosas. En esta vida hay que ser
especialmente sensible (dice con una fresa en la mano). Insisto, Ana (es la primera vez
que dice su nombre) estas fresas son encantadoras (se la mete en la boca y la goza
lentamente) (Luis mira al suelo y se siente ausente)

Ana – A mí también me gustan. La fruta en general, me encanta el mercado, y los
parques, los rios, los libros

Juan – (coge la mano de ana) ¿Y los animalitos del bosque?

Ana – Por aquí no hay muchos bosques (silencio incómodo) pero sí (con entusiasmo)
me encantan los animalitos del bosque (ruborizada) también me gustan los castillos y
los príncipes (se ríe agúdamente)

Juan – Sí (se toca la peluca) los castillos y los príncipes. Y los caballos y los dragones
tambien, supongo

Suena el teléfono en la cocina

Ana – Sí claro, y las mazmorras, los espejos, los peines dorados (el teléfono sigue
sonando)

Juan – Las luciérnagas, la brisa (se acerca a ella, la huele y la abraza por el hombro)

Ana – ¡la brisa! (rie y suspira hondo)

Juan – La brisa está siempre

Ana – Uyyyy (ríe quisquillosa y Juan empieza a besarle el cuello)

Luis – (levanta la cabeza y le habla a Ana) ¿No vas a ir a por el teléfono?

Ana – (cambiando el tono y un poco agresiva) (a Luis) Sabes que son las seis y media,
solo puede ser para ti. Así que no lo preguntes, vamos, largo (se vuelve a Juan y sigue
besándole los brazos y los labios)

Luis se levanta apesadumbrado. En mitad de camino hacia la cocina se para y se
vuelve. Los mira triste, finalmente se decide y se va
Ana y Juan siguen acariciándose y besándose apasionadamente. Comienzan a hacerlo
cada vez más lentamente, hasta que finalmente dejan de acariciarse y ambos se
quedan quietos mirando hacia el el patio de butacas como si nada hubiera ocurrido

Juan – Oh, tiene usted una casa muy bonita

Ana – (empieza a hablarle de usted por primera vez, habla más seria de lo que hizo
hasta ahora) Muchas gracias

Juan - ¿Se encuentra bien? Le noto algo seria
Ana – Esto..., estoy perfectamente, gracias

Juan – (Juan se fija en la cámara durante un rato y luego mira a Ana) ¿Se ha dado
usted cuenta de...?

Ana – (se gira y le mira) ¿De qué?
Juan – Nada, nada (silencio. Recapacita) Bueno, ¿sabe usted algo de?

Ana - ¿de?

Juan – De algo así como; una cámara de vigilancia

Ana – (silencio) No tengo ni idea de lo que hablas

Juan – Vale, vale (silencio) ¿Quiere algo? ¿necesita algo?
Ana – No

Suena el timbre de la puerta principal. Luis llega muy rápido y abre la puerte. Al abrir la
puerta aparece un hombre corpulento y con aspecto agresivo, va vestido con un traje,
es Ángel

Luis – Hola señor

(Ana y Juan se levantan)

Ana – Oh dios mío, ¡Buenas noches Ángel!

Ángel – (avanzando hacia el centro del comedor) ¿Qué tal estáis? ¿Os ha ido bien?
¿habéis terminado ya?

Ana – Sí, Angel, todo ha ido muy bien

Ángel – Muy bien, muy bien (inspeccionandolos con la mirada y hablando para todos)
Hace un tiempo tuve que hacer frente a algunos problemas. Al principio fue difícil lidiar
con ellos, las soluciones no aparecían y yo estaba completamente convencido, de que
nunca las iba a encontrar. Pero amigos míos, el cambio llegó, además llegó de la
persona más inesperada. De pronto alguien de quien nunca te has percatado
(escenifica dramatizando con las manos) te ofrece su mano, y tu la coges. Y mientras
asciendes a otro plano de conciencia. Esa mano, que no es tuya, se hace un poco tuya y
tú te haces un poco de esa mano...

Juan va a decir algo, pero Ana lo corta y le niega con la cabeza como diciendo: siempre
lo hace, déjalo hablar

Ángel – ...Es muy difícil saber por qué dejarse llevar. Parece que estamos compuestos
de parásitos, que nuestras manos son bocas de serpientes y nuestro cerebro es como un nido de ratas en una cloaca. Pero hay algo de lo que estoy seguro, y precisamente es algo que a veces
olvidamos (es muy histriónico hablando). Somos libres (sonrie compasivo y persuasivo)
somos libres para elegir, somos libres para decidir qué hacer, somos libres para
trascender de las influencias más desnobles. ¡Unámonos!

Ángel levanta las manos y Ana y Luis se acercan para cogerlo, le dan sutiles
instrucciones a Juan para que se una y hacen un círculo con los brazos.

Ángel – Los roles sociales son únicamente instancias transitivas

todos repiten la misma frase y a Juan le cuesta seguir lo que dicen

Ángel – Nada es eterno, únicamente nuestra consciencia, nuestra presencia

Repiten

Ángel – Nada es eterno, pero lo efímero merece nuestro respeto. Debemos entender
que todos somos humanos, todos nacimos del mismo árbol.

Repiten

Ángel – Te adoramos Ángel, te queremos por tu grandeza, encumbramos tu figura
repiten

Ángel - viva nuestra lídel y la estabilidad, viva su carisma y su buena presencia

repiten y se sueltan las manos. Todos, salvo Ángel se empiezan a despedir como si no
se conocieran previamente. Se dan dos besos y se estrechan la mano como si toda la
obra de teatro hubiera formado parte de un ritual asumido tácitamente. Luis va a salir
por la puerta y pasa por enfrente de Ángel. Ángel lo coge del hombro y le habla
confidencialmente

Ángel – Qué pasa cabroncete. Entonces, ¿Cómo está tu esposa?

Luis – Murió hace cuatro años

Ángel – Muy bien, me alegro de que la sigas trayendo con nosotros. (aparte,
asegurándose de que nadie más los oye) Sabes bien de quién es la cámara de vigilancia
¿no? No se te habrá ocurrido jugar con ese tema otra vez ¿verdad? Luego voy a ver la
cinta, sabes que la voy a ver (le aprieta el hombro)

Luis – Sí, sí, claro señor Ángel, todo está muy claro

Ángel – Yo te llamo a las seis y media como siempre me dices. Te he sacado de la
escena, ¿no?

Luis – Sí señor Ángel

Ángel – Bien, y eso es lo que quieres ¿verdad?

Luis – Sí, señor, por supuesto

Ángel – Así me gusta, no lo olvides. Adios Luis, cuídate mucho

Luis baja la cabeza en forma de reverencia y se va. Luis va a salir y pasa por enfrente
de Ángel

Juan – Señor Ángel yo quisiera... (manifesta tener dudas como ya hizo anteriormente
cuando Ana la interrumpió en mitad del discurso)

Ángel – No te preocupes Juan, hoy es tu primer día, pero simplemente déjate llevar,
poco a poco encontrarás respuestas (le pone la mano en el hombro sonriendo)

Juan – Pero yo es que, esto no...(quiere decir algo)

Ángel – (interrumpiendo) grandes respuestas Juan, eso no lo dudes. Tú simplemente,
no olvides a tus padres (Juan hace el amago de irse pero se gira y mira a Ángel
directamente sin entender nada) Los padres, Ángel, los papis (muy elocuente y
persuasivo con las manos)

Juan desaparece algo resignado. Ángel y Ana se quedan solos

Ángel – (baja el tono de su voz, habla de manera más suave y lenta) Hola, Ana
Ana – Hola Ángel

Ángel – Hacía mucho que no te veía

Ana – Y bien, ¿lo has pasado bien?

Ángel – Sí, muy bien, de maravilla

Ana – Me gusta mucho tu casa

Ángel – Muchas gracias, es una casa grandiosa, lo malo es el ruido, siempre hay ruido
en esta casa

Ana – Es curioso, a mi me parece un lugar tranquilo y también silencioso

Ángel – Pues... no te tienes que ir (se insinua y se desliza por el sofá acercándose a
ella)

Ana – Creo que es el momento, sabes que tengo compromisos a estas horas

Ángel – Oh (se va al otro lado de ella) ¿De veras tienes compromisos? ¿Qué tienes que
hacer?

Ana – He quedado con mi jefe, tenemos que hablar de unos asuntos del trabajo
Ángel – Vaya (relajado) no es la primera vez que quedas con ese hombre ¿Quedáis
para cenar?

Ana – Sí

Ángel - ¿Cocina él o vais a un restaurante?

Ana – Vamos a un restaurante

Ángel – Oh (seductor) entonces no le importará que te quedes aquí esta noche, si no es
a vosotros pues otros se comerán el menú del restaurante

Ana – Ya, pero...

Ángel - ¿Qué pasa? (rodeándola con el brazo y ella un poco incómoda) ¿Tenéis cosas
importantes que hablar?

Ana – No, la verdad es que, no demasiado
Ángel - ¡Genial! (dando la victoria por contada) entonces prepararé algo de picar e
iremos a mi dormitorio ¿Qué te parece?

Ana – (lo piensa) está bien, está bien. Ve pasando y ahora voy yo

Juan pasa a la cocina con el proposito de llegar al dormitorio muy contento
Ana se queda sola. Justo cuando Ángel se va al dormitorio coge su bolso del perchero y
saca una cinta, se dirige corriendo a la cámara de seguridad y saca la cinta que hay
dentro, la reemplaza por la cinta que tenía en el bolso y la mete de nuevo en el bolso.
Comienza a recoger el bolso y su abrigo para irse

Ana – Ángel (gritando hacia adentro) he pensado que debería irme, me acabo de
acordar que tengo un importante asunto que tratar con mi jefe, se me había pasado
por entero. Pero te lo aseguro, es sobre algunos gastos injustificados de las últimas
tres semanas. Deberíamos cerrar ese asunto. (hay silencio, no se oye nada. Está en la
puerta y está dispuesta a irse ya) Me voy ya, pero nos vemos pronto. Y... (se para
dubitativa mientras abre la puerta de salida)

Ángel – (desde el otro lado, se le oye poco y seguramente no oyó lo que le dijo Ana) Cariño, cariño, que artículo más interesante. ¿Sabías que el sexo oral a la mujer fue una estrategia primitiva del hombre para facilitar la fidelidad sexual de la hembra? Esto sí que es bueno Ana (se rie)

Ana – Bueno, cariño (es evidente que él no la escucha, pero dice todo esto mientras sale de la casa)
en la cocina hay unas pocas fresas y unos arándanos por si te apetece, también hay agua natural (silencio) Adios (se va un poco taciturna y cierra la puerta)

Se hace el oscuro aunque se queda el foco encendido durante unos segundos
iluminando la cámara de seguridad.


FIN

DIMENSIONES DEL LENGUAJE

Escuchar la psique.
Perseguirla.
Cada cosa tiene una voz.
Mi profesor me dijo que se estaba leyendo el mismo libro que yo.
¡Qué casualidad!
Mi mente divaga ferozmente
apuntillando ideas concretas
para desbarajar los avatares del destino.
Pero me detengo,
observo la profusa corriente de imaginación fugaz,
aprieto los dientes
y me despretidigito de mi propia magia.
De pronto pienso en el amor,
mi cuerpo se pone sensible y endeble como las malvas.
Aunque el dolor amenaza con salir
perforándome los órganos -la cirugía maquiavélica de un doctor-.
Ese doctor solo dice tener miedo,
pero dice amar ese amor que mencioné,
aunque cuestiona su formulación a priori,
quiere pensar y llenarme los bolsillos de plomo.
Que cargue la mochila, me dice; que recorra y viaje,
que explore tanto que llegue al sinfín del mundo
donde ese amor se funde en una explosión sideral de semen.
Pero recuerdo que soy individuo de un solo cuerpo.
El doctor se aleja.
Y ya se encargará ese cuerpo de despertar consigo
los límites impuestos por su biología;
ya se encargará de convalecerme
y levantar en mí centellas de anhelo focalizado,
de pedirme oxígeno que le falta
para corresponderme con el ímpetu que yo le pido.
Ahora me observo, observo mi estilo sobredramatizado,
pienso en la relevancia de este camino,
en el detenimiento propulsado por esa obligación
que me concierne para con mi profesor,
él debe leer esto.
Pienso también en las limitaciones,
y a la vez, en los andamios de la estructura estética,
pienso en la parte del mensaje que nunca llegaré a expresar,
pienso también en mis virajes, en los que traen mi voz a este habitáculo
de súbita intimidad que surge brotando entre los resquicios del ratón del ordenador.
Siento la intimidad de la poesía,
la de las mañanas,
y de tan realista que me vuelvo,
ahora pienso en mi descaro.
En ese atrevimiento a pasar sin llamar,
A estar aquí pero sin llegar a estarlo.
Pienso en la retórica, en los sistemas de significados compartidos,
en la derecha y la izquierda,
pienso en la ridícula y abstracta referencia
a la humanidad.
Miro arriba, arriba del mundo; la gigante red
compuesta de brazos enganchados unos de otros,
cada uno de ellos lucha por preservar la consistencia de su área.
Acerco la mirada,
y cuando menos lo espero,
otra nueva retícula de brazos aparece debajo de los anteriores
en otro nivel más molecular,
todos más pequeños pero muchos más.
Son infinitos, y la abstracción no me permitía verlos.
Son brazos que tiran del resto,
manos y brazos que en su dialéctica
compusieron el tejido del mundo.
En ese momento, una voz ahuecada suena desde el fondo negro;
"estamos viendo demasiado, quizá estamos viendo tanto
que mañana moriremos por vértigo
a los vacíos de la identidad".
Rápidamente me dirijo a la puerta y salgo a la calle
para airearme la cabeza.
El drama se desdramatiza,
aunque todavía lo noto bullir dentro de mí,
escondido en el contencioso modelo de preservación de las palabras,
resguardado en sus límites, donde ya no cabe más duda,
en el óvalo rojo que pulsa mi pecho.
Y lo escucho,
y ahora sí entiendo las quejas del cuerpo compungido,
entiendo las reglas de la juventud, el lenguaje del cuerpo.
Sigo escuchándolo.
Entiendo la simpleza del óvalo, sus códigos basales.
Entiendo que todo es lo mismo; una gran unidad,
y caigo en cuenta de que siempre es el miedo
lo que discurre por todos los niveles del lenguaje.
Pero lo entiendo, entiendo que el límite
lo pone el propio cuerpo,
y lo noto culparme, lo noto captándome con tensión
para que baje a su altura;
"escucha el rio", me dice,
"préstate a los constructos reforzados en nuestra historia.
Escúchate calmado,
mira ahora a tu profesor,
recuerda que él está ahí,
y que está leyendo el mismo libro que tú y
que como él otros tantos.
Recuerda que la vida está ahí fuera,
recuerda mis quejidos, mis llantos,
recuerda qué pasa cuando alguien no escucha.
Vuelve al amor,
entiende los cohetes de Chantal Maillard como simple evasión.
Duérmete, descansa, no mires tanto, no tejas tanto,
no acumules excedente de tela en los poros de tu piel.
No accedas a ese brote continuo y creciente de sobrereflexión.
Y date cuenta de lo que te he dicho,
date cuenta de que te digo que lo hagas
mientras practico la contraindicación,
mientras acribillo tu mente de palabras,
mientras te arrastro a la simbología elaborada y divergente que critico".
Ya no es calmoso, el cuerpo ya no me da calma,
ahora escucho su pedantería.
"Pero no quieras callarme", me sigue diciendo; "no no no, no lo hagas
porque como yo había muchos otros que hablaron.
No, porque si me callas al final se nos destejerá la identidad.
Empezamos a ser muchas voces. Y no es cuestión de callarnos,
sino de gestionarnos para no caer en la locura,
para permanecer aquí,
donde la multitud de dimensiones del lenguaje se miran,
apaciguadas, ofreciendo una tranquila presencia
sin palabras".

6-8-14

sábado, 2 de agosto de 2014

Reconocerme en ellos

     Seleccioné el bar por azar, simplemente estaba hambriento y no parecía demasiado caro.
Entré, me senté en la barra y eché un ojo a la carta. La camarera se acercó justo cuando me decidí
por un montadito de lomo y unas patatas fritas. Estaba ella sola trabajando, se metió dentro de la cocina y casi inmediatamente se comenzó a escuchar el crepitar del hielo en el aceite hirviendo.
     A mi lado había una familia, mantenían una conversación sobre el mejor modo de hacer un salmorejo.
La televisión sonaba alta, muy alta, aunque nadie le prestaba atención, salvo uno de los hijos que estaba un poco desplazado, sentado en una mesa de plástico blanco.
Ese niño miraba la televisión fijamente, y no prestaba aparentemente atención a la familia.
En la televisión estaban dando anuncios, pasaban veloces, uno detrás de otro. Alguno de ellos era bastante llamativo.
No solía ver la tele en mi día a día, aunque la mayoría de ellos daban la sensación de ser los mismos anuncio anuncios de hace quince años.
El niño se giró y me miró. No fue una mirada personal, sencillamente observó mi figura en la barra y pensó algo. Parecía resignado, se mantuvo así unos segundos y volvió a fijarse en la televisión.
Quise condescender con él, quise mirar la televisión.
Y es cierto, que a los minutos de estar mirándola ésta comenzó a ocasionar un efecto prestidigitador en mil. La miraba como cuando un niño observa unos fuegos artificiales. Cada anuncio era como un cohete que replegaba un radio de sensaciones que se quedaba flotante y en proceso de extinción, hasta que llegaba el siguiente, sobreponiéndose al anterior.
Nunca jamás veía la televisión, y no se podía decir que en este momento la estuviera mirando, precisamente. Realmente no tenía claro que era lo que me llamaba la atención de la televisión. Sin embargo, sus colores, sus movimientos, su luz, parecía tener más intensidad que cuando yo llegué, y yo no podía reconocer el engranaje que subyacía a este extraño fenómeno.
Digamos que era algo desconocido, algo desconocido aunque tremendamente familiar que me mantenía embobado y me trasladaba a un pasado lejano. Pero ya no podía decir que era la televisión en sí mismo, era el resultado total de esa coyuntura concreta y jamás repetida. Era como si yo ya hubiera estado ahí antes, como si conociera a la percepción el tipo de conversación que la familia solía mantener entre sí, incluso me había familiarizado con los olores de cada uno de ellos, con sus chistes comodín, con los clichés. Pero no los conocía en absoluto. Esa televisión de fondo, su repetición constante, podría decir ahora que era como la banda sonora de mi infancia, ahora ya lejana y desgastada, versionada quince años después pero con la misma estructura que por aquel entonces, con la misma espasmosidad familiar, los mismos ruidos y el mismo calibre en los anuncios que cabalgaban por ese astro de luz fijo.
Sea como sea, en ese momento formé parte súbita de una perfecta integridad familiar.
En ese momento comenzaron a venir a mí imágenes, más olores y sensaciones concretas. Y tuve una especie de sospecha que hacía mucho tiempo atrás que no había experimentado.
Tuve una sensación certera de que mi familia había resurgido de mi pasado, había emanado del suelo de aquel bar y que se habían colocado alrededor mío en una posición concreta, en la que cada uno se sentía representado.
Yo había cerrado los ojos y seguía oyendo a la familia hablar. Si prestaba atención a lo que decían eran cosas que nunca jamás yo reconocía haber hablado u oído, aunque la sensacion de familiaridad continuaba, esa sensación solo la tengo cuando me estoy quedando dormido viendo una película.
En ese momento sentí que mi abuelo paterno estaba muy cerca de mi, que estaba totalmente blanco y petrificado, como una escultura de cal. Sin embargo, podía sentirlo, podía imaginar su boina y su vastón, lo podía ver sentado en el sillón fumando pipa y colocando con su esmero recurrente y burdo el tabaco sobre la misma. Él se estaba fijando en la televisión del bar, como siempre solía hacer, podía fumarse tres pipas seguidas sin apartar la atención de la televisión. Pero a pesar de ser el que más la miraba, nunca jamás hacía un comentario al respecto, salvo las risas estridentes, casi convulsivas, que brotaban, y que a todos nos asustaban, y que se cortaban de golpe a los pocos segundos de comenzar.
Tenía momentos en los que parecía que salía de esa especie de estupefacción.
De pronto caía en cuenta de que esa familia, la del bar, tenía unos rasgos totalmente novedosos para mí, pero cuanto más consciente era de esto más despertaba de aquel asombroso estado, y eso era algo que en aquel momento no quería hacer, lo que quería era explorar las sensaciones que experimentaba antes que mantenerme contenido por los límites cotejables de la realidad.
La familia desconocía seguía a mi lado, pero en un segundo plano cristalino y contemporaneo. Y de su inmediatez se trasladaban a un segundo plano difuso, como cuando doblas la mirada, y ves doble, y así accedes con más facilidad al pensamiento.
Quien estaba a mi lado era mi abuelo congelado, con la mano levantada con el amago de coger una pizca de tabaco.
Los anuncios de la televisión perdieron su contenido, se volvieron acontemporaneos, ya me habían trasladado a un pasado lejano, distante, y en cierta medida ajeno, aunque me hacía consciente en todo momento de una fuente de sensaciones instalada en lo más hondo de mi, cuyo fluir había despertado en mi las nostalgias más comunes y genéricas de cuantas solía experimentar. No sabía incluso el origen de esa nostalgia, solo sentía que en esa corriente que se movía dentro de mi se recorría todo lo que había sido mi vida, las recónditas sombras de mi pasado, acompañadas del calor de una chimenea, de llamas fluctuantes y anaranjadas, que descansaba en una esquina del salón.
El olor a leña y tabaco se mezclaba, el que era mi tío explicaba un juego de cartas y en ese momento dejó de existir el tiempo, o mejor dicho, las pretensiones que instalamos en él, las prosperidades venideras que flotan en nuestra cabeza como todo lo que se deja atrás con la llamada de la vanguardia.
    Usted es ese payaso _le hablaba a una percha con cara gigante_ cuyas orejas se distinguían por un fondo vago sin una profundidad delimitada, como el cielo en la noche. Pero su rostro rebosaba de una rebeldía sutil e incuba, que son las más peligrosas para los que desean estabilidad.
Esa percha con cara de payaso prometía haber estado allá toda la vida. No vocalizaba palabra alguna, sin embargo con sus ojos me había hechizado para que convirtiera toda mi vida en una escena representada. Pero yo no lo sabía, no sabía nada de esto porque el testigo, aquel que conocía las coordenadas del proceso para mirar de frente al miedo, por aquel entonces dormía. Y dormía tanto, que jamás nadie sabía que había existido, ni tan siquiera yo mismo.
Pero cuando con el tiempo despertó, yo estaba tan poco preparado para hacerle frente y asimilar su emergencia, que no pude conciliar su mensaje con una actitud conciliadora.
Mi esencia era sucinta por aquel entonces. y cuando ese payaso despertó y abrió sus ojos una parte de mí eclosionó y discernió las presiones de mi familia, su preocupación puesta en ellas para que yo tuviera una vida digna. Esa explosión me hizo muy cercanamente consciente a la muerte, o lo que es peor, a su universalidad. Esa sensación repentina se tradujo en un cambio de luz de un arcoiris súbitos, salté de un color a otro, el estallido de una presión acumulada, una homeóstasis que de golpe denosta todos los cuentos pueriles y que dice con claridad: "todos mueren como todas las gotas son del mar azul, todos juegan pierden se engañan y repiten".
Todos evaden la idea intentando ganar puntos con las reglas que de algún modo llegan a nosotros. Todos evitamos destruir los mitos que nos enlazan. donde nuestra identidad se alienta; a veces carcomiendo, o como termitas, devorando lo que la cultura nos da, queriendo ser más, esperando que todos converjamos, que nuestra madre nos comprenda, que nuestra novia nos quiera un poco más.
Ninguno quiere caer en el abismo que activaría los animales sedienos de nuestra corteza subcortical,
la que se entuba socialmente.
No me refiero a que seamos enfermos crónicos, pues no los propagadores de la salud extrema; los constructivistas que te dicen que te olvides que tienes dos ojos, encima de una nariz, y una nariz encima de una boca, no están necesariamente mejor.
Pero sí hay grados de resistencia para el nihilismo, y ya al propia sugestión y la confianza depositada en la consecuencia crea ya de por sí un posible cariz que regula hasta la última neurona que quiere gritar.
Habrá que dejarle el mundo a los adaptados, dejarse las profecías que amenazan con la destrucción inminente, asumir que nuestro ideario se supedita a protofunciones evolutivas, que los naturalistas no escuchan que los que tienen el dominio tienen algo aún más valioso: esa fuerza que da un alto porcentaje del encéfalo en su sentido más básico, el que siempre ha marcado los siguientes recorridos.
Pero no os engañeis, es difícil, pero nosotros no somos nada nuevo; tenemos un discurso más sofisticado, pero antaño ya hablábamos. Solo que se nos codifica en los avales de la subhistoria, cuyas consecuencias solo se plasman tácitas en la rebeldía incluso programada, a la que muchos nos sometemos en silencio.
Condescender con ese lado oscuro de uno, sin perímetros reglados.
Salir a la calle con la ceniza en la frente y con más pupilas que ojo, permitir el aberrante bramido de los automóviles, la agnosia continua de la verborrea humana, hacer sin contemplación,
olvidarse de posiciones preestablecidas que te llevan a representar la aflicción, saltarte los escalones
de dos en dos y llegar al caos del grito que se articula como centenares de muebles callendo.
Mirar la belleza, deconstruirla como se deshilachan las rastas, dejar que pompas verdes y mohosas broten en los contextos que más protocolo demandan.
Vomitar discretamente y sonriendo, degustando el aliento vacío. Dejar que te infeste ese aliento, con su procesión de cristales tragados.
Que no te entre la piedad, la dulzura, los bellos cabellos, la indulgencia de la infancia.
Que todo pase de costado, que te proteja un aura necrofílica, que mires los suntuosos
movimientos de dos piernas y deliberadamente imagines carne roja malnutrida.
Moldear el entorno, volver la percepción oscura para evitar que salgan las pulsiones
integradas en una realidad consensuada, que brote el reclamo más sencillo.
Ellos pasaron por mi camino, yo los miro de soslayo.
Me había olvidado de la familia. Ahora soy libre.
El niño se gira de nuevo, me vuelve a mirar.
Cuando yo era niño y mi abuelo cargaba su pipa con pizcas de tabaco
y yo temía a los payasos, recuerdo verlos a ellos, con esos mismos ojos.
Se sentaban en una esquina, los encontraba mirándonos, a veces escribiendo,
recuerdo reconocerme de algún modo en ellos.

31-7-14

miércoles, 25 de junio de 2014

Ramas aisladas

Hace años, muchos años,
tú me diste unas extrañas lecciones
-me dijiste lo que era imposible lograr,
lo que no merecía-
y yo consolidé el engranaje
de cómo funciona la vida;
había normas que nunca debían cambiar.

Lo mio era un amor limitante, deformante,
privado e indecible.
Tú reflejabas
el extremo del desengaño y
te convertiste en mi secreto cuenco
para vomitar errores,
en flagelados cultos,
en una penitencia
sin conocimiento de causa.

Lo mio era un amor porque buscaba protección,
por eso me aislé junto a una rama aislada
más allá de batallas y cobijos sociales,
y durante mucho tiempo
sobreviví con estrellas malpegadas al techo,
con neveras sobrecongeladas
y con gargantas que latían podredumbre

Ese era mi cobijo lunar,
mi caseta de árbol,
y tú,
un muñeco de trapo
que tutorizaba al niño perdido.

Desde esa rama, todos los sonidos de adultos
sonaban fieros, a la vez que ajenos;
extraños motivos,
ambiciones locales,
llantos sin razón para alguien
que no se atrevió a convivir con lo mediocre,
para alguien que consintió sus propios dioses residenciales.

Pasó el tiempo y las células seguían desarrollándose,
Y yo seguía ahí, en mi abigarrado entramado
de venas histéricas que chocaban con los muros.
Entre todas ellas, fabricaron un campo sofisticado
de excusas, neurosis y sangre especulada.

Pero, en un momento casi milagroso
-de esos que eclosionan de golpe
y señalan al pasado
con la sensación innatural
de una historia tantos años curtida-
un ojo se entreabrió,
y con solo medio pestañeo
numerosos haces de luz vampiresca
atravesaron mi fábrica,
contrajeron las venas y lloré de terror.

Pero entonces te vi,
y fue glorioso a la vez que absurdo,
darme cuenta de
             que tú necesitabas
absolutamente lo mismo que yo,
aunque lo buscabas en otros lugares
-desde tu propia rama aislada-
             y que yo nunca me atreví a intentar pulir
mis resistencias con caricias,
a buscar la sabia sencillez
de callar el pensamiento.

Con los años, varias veces me acordé de ti
cuando lloré convulsionado
por explosiones de sangre

mientras no dejaba de aprender.

25-6-14

lunes, 9 de junio de 2014

COBIJO LUNAR

De una luna rajada
se desprendió un testigo,
como una gota frutal.
Respiraba por la nariz
un oxígeno desconocido
y lloraba leche desnutrida.
Él no recordaba nunca antes
haber sangrado, ni contemplado
tanta inmensidad.
Nunca jamás había sentido
el vértigo de interrumpir
su relato cerrado.

En el gran espacio,
la luna estaba cada vez más rota
y de sus grietas emanó polvo de yema
que cubrió al testigo por entero.
Él se sentía libre
y descubrió que no era él lo que sangraba,
sino la placenta, que con fuerza,
desgarraba con sus uñas.

Llegaba un nuevo ciclo,
un renovado régimen de luz blanda
y pozos de crema por descubrir.
Un nuevo ciclo, también de oscuridades pasajeras,
de ingenuas huidas,
de resistencia a cimentar un cobijo,
de clavos ardiendo del recuerdo.

Pero esta vez amaba
y se había atrevido a decirlo

9-6-14


martes, 3 de junio de 2014

UNIDAD INTERDEPENDIENTE

Complaciente son de unos oídos sordos,
la paulatina caída de los grandes modelos.
Complaciente son,
e
l de no buscar, el de atribuir
toda emergencia mental
a un asilo de huesos.
Complácete en el no hacer.
No temas las oscuras voces sin eco,
no creas que dejarse llevar es atraparse,
es renunciar a los costados.

Es difícil una felicidad plena,
sin contemplación, sin el pero cabalgando silencioso
por las llanuras de la calma,
donde el corazón lo tonifica todo,
con su mirada testificante,
con el negror discreto de un niño muerto,

Un niño más
en una barbarie estertorosa,
de decapitaciones clandestinas,
de musgo que crece donde no muere la humedad.

Sé que es difícil destensar la frente,
vivir sin narración, sin anuarios,
sin condenar la versión oficial,
sin condescender, sin dejarse llevar con la sospecha
cancerígena de que hay algo mísero que te estás perdiendo.

Por eso créetelo;
Disfruta del ahora,
permítete testificar el desarrollo
de las competencias humanas,
deja que la vagueza mate todo
empeño que te quede.
Vomita sueños, expulsa imágenes psicodélicas,
alcanza la cima de lo inverosímil
y olvida las normas que operan
para andar a tientas hasta la cocina
y sumirte en el protocolo
de preparar un café.

Te estoy señalando con mi dedo fulgurante,
─Es lo único de mí que ves,
mi rostro está ensombrecido,
pero
sabes que es horroroso─.
Los rayos saltan en mi uña
como volutas
o gusanos virtuales.
Ya no recuerdo qué es lo que señalo,
pero seguro era algo importante.
Tanto como los millones de otros dedos
que en tu periferia señalan una diferente realidad
con el afán de un paparachi.
La locomotora pasa veloz,
sus tablas de madera tiemblan
como castañuelas.
¿Te preguntas si tiene un objetivo?
Pues no,
No lo tiene, yo tampoco y tú tampoco.
A decir verdad,
l
a locomotora nunca existió,
su humo no llegó a emanar,
pero lo sentiste en el estómago,
y eso es tremendamente gracioso.
Me refiero a que puedas estar aquí
consintiendo ese realidad consensuada
y no salir corriendo de locura.

Cuidado con decir que todo es una mentira,
Puedes elegir no tomártelo enserio,
pero quizás también sospeches de estar
desconectado de ti,
de no permitirte ser en lo mundano, lo sencillo.
No puedes recolorear así,
¿Convertir el humo en arcoiris?.
Disfruta, déjate llevar,
nada importa.
¿Es lo que te aconsejé?
¿Es lo que necesitas?
No me puedes tomar enserio ¿verdad?
¿Y el halo de misterio que me envolvía?,
¿Y el esfuerzo por dotar de significancia a las imágenes?
Lo nuestro es quizás una rebeldía mutua.
La discordia está servida si nuestros esfuerzos
no tienden a aunarse,
y también si tú haces tan complicado vivir.
No quiero darte palabras pomposas
no quiero que aprendas nuevas palabras,
que mercantilices tus competencias,
no quiero instruirte para crear una audiencia objeto.
Tampoco diré que no existe, pero sí te diré,
que tú no puedes complacerlos.
Mírate, me obligaste a ser oscuro
porque te disfrazabas de princesa incesantemente,
ni siquiera sabías lo que significaba
la palabra sodomía.
Pero empezaste a crecer.
No te has dado cuenta, pero nuestras rodillas
son las mismas desde hace tres líneas.
Y sé que ahora quieres bromear,
no te gusta que te atrapen, por eso ahora
soy un muñeco de trapo, me doy golpes de un lado a otro,
pero solo soy eso, un muñeco de trapo.
No sabemos dónde depositar el lenguaje,
no lo dudes (y si tienes que dejar tu carisma con algunos, hazlo),
el lenguaje depende del pensamiento.
Y no tenemos necesidad de pensar de un modo diferente,
y tampoco tenemos capacidad de simplificarlo.
Pero es cierto que de alguna manera somos uno,
aunque eso a veces duele.
Si uno de los dos fuera un catalizador de la conducta,
y el otro el motivador,
ganaríamos eso de la pragmática,
andaríamos con botas que doblegan nuestra talla,
seríamos chocantes y maleantes.
Estaríamos complacidos con el sol,
nos tonificaríamos, y aunque no dejáramos de
considerarlo una vulgar tontería,
aceptaríamos las reglas sin problemas, nos reiríamos,
viviríamos.
Pero hay una coordenada más,
y más cuevas dentro de las cuevas.
Puede que todo pase porque tememos a los fantasmas
o porque vivimos con los vivos
a través de un plasma ocular mortífero.
Anticipamos el fin.
Y no podemos llorar por el simple hecho
de que seamos nosotros
¡Hay tantos! Míralos, huélelos.
Podemos darnos cuenta de cosas,
pero parece tremendamente complicado
meter la mano en ese cableado viscoso,
nido de orugas, y reconfigurarlo todo.
Es como una condición que se dio al nacer,
el ver sin tiempo.
Podemos darnos cuenta de cosas,
y con ello podemos mejorar nuestra imagen o el discurso.
Mueves la cola como un perro,
ahora ya no eres una princesa.
Yo soy la reina del bastón dorado
y tú mi perrito faldero.
No te lo tomes a mal, no buscaba despreciarte.
Es solo que me da la sensación de que
estábamos a punto de hablar de algo importante.
Pero me hiciste sentir ocioso.
Nos esforzamos mucho por no mostrarnos codiciosos
y lo sabes.
Pero no me gusta que seas un perro.
Te victimizas y parece que lo hago yo todo,
que soy el malo.
Y quieres que el mundo te socorra,
solicitar auxilio, y la piedad sea contigo.
Ahora resulta que no hay interdependencia de elementos,
y que tú, ser sumiso y víctima de mi tiranía,
no tienes nada que ver con mi posición,
tú no la refuerzas, ni tan siquiera la facilitas.
Estoy cansado yo también,
porque nunca me escuchas,
y mi locuacidad no sirve de nada

¿Dónde estás? ¿Cuál es tu posición?
¿Te has escondido?
Con tanto lamento me quedé aquí con mi elegía.
¿Y tú pretendes hacer que no tienes nada
que ver con todo esto?
Pobre princesita, tú ya lloras bastante
como para tragar también mis lágrimas de cocodrilo.
No valoras mi condescendencia,
intento llegar a un punto conciliador,
y ahora te apartas.
Me gustaría, sencillamente, saber qué quieres.
Saber por qué nunca podemos descansar plácidos,
disfrutar del sol,
dejar de masticar y no sufrir de hambre.



3-6-14