Esta noche, de nuevo, soñé que te perseguía.
Y de nuevo, soñe que no te alcanzaba.
Me desperté con resaca,
la desconocida dormía a mi lado
y ocupaba casi todo el colchón.
Busqué la libreta, una página al azar,
y un bolígrafo sin gastar del escritorio.
Lo que no quería era escribir
un poema romántico.
No es que no aprecie el amor,
o pensar el amor,
es que así ya no se lleva.
Hoy día se lleva lo de renunciar.
Cada generación renuncia a la anterior
y los estratos pierden el sustrato común
de la memoria.
Hoy la cultura es global,
también líquida.
Y si no se abstraen los vínculos
entonces se conservan por skype o whatssap.
Renuncio a este amor,
impropio de este tiempo,
donde imaginar sale tan poco rentable.
No quería que el poema fuera romántico,
aunque hay algo de nostalgia en todo esto.
Todavía me peleo con mis recuerdos.
Quizá deba pensar mi amor
y entonces sus huellas
se vayan con barro de lluvia.
Eso, o aceptar
que ella nunca me quiso.
28-4-14
lunes, 28 de abril de 2014
viernes, 25 de abril de 2014
Vivencia y suceso
La vivencia es atemporal,
aunque en ella se construye la fe en el tiempo.
y todo suceso pasa
en el infinito de un momento.
En la vivencia,
se pueden desmoronar
las autocontenciones de la vida;
y lo atemporal hacerse desespero;
como un eterno llanto de bebé
que se arrastra hasta dos segundos
antes de morir.
Solo dos segundos,
donde el suceso acaba con la vivencia
¡Un atropello!
¡El click de la puerta de una celda!;
cuando la respiración se va.
Justo ahí,
y las causas se desilachan,
mientras el cerebro se desactiva
y la red se hace más y más pequeña.
En ese instante,
el sueño más olvidado se explicita,
se cierra el telón de la vida
y la identidad,
se descubren los bastidores a la audiencia.
Ahí, justo ahí,
tras ese espectáculo dejado atrás,
donde nos creímos
las coordenadas del tiempo
y su presión;
vivencia y suceso se juntan
cuando todo se apaga.
25-4-14
aunque en ella se construye la fe en el tiempo.
y todo suceso pasa
en el infinito de un momento.
En la vivencia,
se pueden desmoronar
las autocontenciones de la vida;
y lo atemporal hacerse desespero;
como un eterno llanto de bebé
que se arrastra hasta dos segundos
antes de morir.
Solo dos segundos,
donde el suceso acaba con la vivencia
¡Un atropello!
¡El click de la puerta de una celda!;
cuando la respiración se va.
Justo ahí,
y las causas se desilachan,
mientras el cerebro se desactiva
y la red se hace más y más pequeña.
En ese instante,
el sueño más olvidado se explicita,
se cierra el telón de la vida
y la identidad,
se descubren los bastidores a la audiencia.
Ahí, justo ahí,
tras ese espectáculo dejado atrás,
donde nos creímos
las coordenadas del tiempo
y su presión;
vivencia y suceso se juntan
cuando todo se apaga.
25-4-14
sábado, 19 de abril de 2014
EL PASADO EMANA
El pasado emana,
se desliza por la realidad
como un sueño rebelde en el día.
Ese pasado, ahora sintomatizado,
da martillazos de pico en mi sangre
electrocuta mi médula espinal
y cuestiona la sinergia de mis ojos;
simplemente me tambalea
como una cruenta guerra silenciosa.
Quien habla de pasado marchito,
quizá no entiende la máxima sistémica
de que lo muerto convive con lo vivo
si hay un único corazón en el
epicentro.
La cosa es,
que el pasado emana,
que el pasado emana,
engarza otras voces "superiores"
con sus manos petroleras,
desmiente la mentira constante.
Y durante unos segundos;
yo, que tanto me valido,
dejo de respirar.
Pero ese pasado,
que es latente,
proyecta sus sombras de miel
sobre mi curtido campo
desde su discreta fábrica
escondido en el cobertizo
¡cuánta humedad ahí abajo!.
desde su discreta fábrica
escondido en el cobertizo
¡cuánta humedad ahí abajo!.
Aunque cuando el cielo no descampa,
y me agobia el negror,
y me agobia el negror,
no hay nada que conozca mejor
que mi propia viscosidad,
es como el parto de un insecto,
y eso arropa mucho;
sobretodo por el tiempo,
se me pasa tirado en el sofá.
y eso arropa mucho;
sobretodo por el tiempo,
se me pasa tirado en el sofá.
Mi pasado
quiere superar mi imagen,
construir una versión “2.3.4.5.2beta”
de mi yo.
Solo quiere negociar conmigo,
ya sabes, sentirse aprobado, como yo de pequeño
(es que ahora soy hipster y requiero mucho consumo).
ya sabes, sentirse aprobado, como yo de pequeño
(es que ahora soy hipster y requiero mucho consumo).
Pero si la vida es un juego,
y más allá de fútiles combates,
todo es un todo;
quizá no valga tanto drama
constreñirme por llantos, o buscar
arropo desesperado,
ni tan siquiera aplomarme,
o arrancarme los órganos periféricos
(hay una oreja que me sobra), o anhelar
la capa de superhéroe con la que algún
día
creí que podía lanzarme por la
ventana.
Tras unos segundos de temblor,
al final,
lo mejor es la gracia que se queda.
lo mejor es la gracia que se queda.
19-4-14
jueves, 10 de abril de 2014
Sin ti estoy ciega
En este caso el
recorrido era inusual, aunque lo sabía, sobretodo por las curvas y
frenazos del autobús; la diferencia con otros viajes era
especialmente notable. ¿Me
dice dónde está el centro comercial?.
El encuentro tendría lugar dentro de cuarenta minutos. Según me
contaron, suele haber un protocolo de presentación y están
acostumbrados a nuevas afiliaciones. Sí
claro, le faltan aún tres paradas. Ana
cogió mi mano y
dibujó con el dedo índice en mi palma. El sol achicharraba y la
continua ida y venida de edificios ocasionaba una alternancia de
calor y frescura en mis brazos.
Entonces
me susurró esa frase, nuestra frase, al oído. Yo sonreí.
Apreté
el bastón desmontado con mi mano derecha. El autobús parecía
atestado, aunque esto era difícil de discernir dado el silencio al
que los viajeros generalmente se someten. Nunca antes había estado
en esta zona de la ciudad. Siempre que salía solo, acababa haciendo
el mismo recorrido, aunque ella casi siempre me acompañaba allá
donde iba.
Alguien
había solicitado nuestra parada y ella me apremió para que me
levantara y me dispusiera a salir del autobús. Me contuve de pie
hasta que las puertas se abrieron, tras lo cual ella cogió mi mano y
la posó en su hombro. Guiaba mis pasos, aunque no me avisó del
escalón del autobús puesto que era el mismo en todas las paradas.
Y
es cierto que irradiaba, mucho más que cuando subimos, y si no es
una cuestión temporal, mucho más
que en el centro. Por una extraña razón en las zonas más
extraradiales siempre he tenido la sensación de que hace más calor;
quizá sea la desolación industrial.
─ Puesto
que nos sobra tiempo podríamos tomar antes un café, ¿qué te
parece?
Moví
la cabeza de un lado a otro. Juan tuvo un perro lazarillo y siempre
decía que podía imaginar su cara cuando sacaba la cabeza por la
ventanilla del coche. El sol irradiaba pero hacía una brisa que
pocas veces he experimentado.
─ ¿Cuál
es tu nombre?
Ajetreaba
sus papeles y cliqueaba eventualmente el ratón.
─ Jaime
Siguió
moviendo los papeles. El aire acondicionado hizo estornudar a Ana,
que amortiguó el sonido con su
mano, tras lo cual me cogió la mano derecha que asomaba
debajo de mis brazos cruzados.
─ Muy
bien Jaime ¿y cómo estás?
No
sostuve la mano de Ana y descrucé mis brazos. Mi bastón estaba
desmontado; yo apoyado en él y él en el suelo.
No
respondí, y se oyeron unas repentinas risas de una sala recóndita
del edificio.
─ Si
lo deseas, Jaime, tenemos una máquina de refrescos en la entrada,
codificada en braille.
Hace
años Ana me reprochó que yo no quisiera tener un perro lazarillo.
─ Perdona
si... ─Ana dejó la frase a medio, tras lo cual no se oyó nada
durante unos segundos. Y cuando digo nada es porque es nada. Ana
acarició mi brazo con varios de sus dedos.
No
me habían hablado del color de las paredes, pero intuía que era
blanco, y que los ventanales eran lo suficientemente grandes para
tener una buena excusa para poner el aire acondicionado a toda
marcha.
─ Pues
necesitaría usted rellenar previamente este protocolo
De
nuevo, el sonido de papeles.
─ Muy
bien ─dijo Ana. Escuché el sonido de pieles moverse, el cuero del
bolso rozando con su camiseta.
─ No
hace falta, aquí tiene un bolígrafo.
─ Muy
bien ─repitió Ana
─ Son
solo cuatro preguntas para clasificar su perfil, si lo prefiere las
leo en voz alta, lo termino rápidamente y así accede al encuentro,
que ya ha empezado.
─ No
sabíamos lo de la encuesta ─dijo Ana. Acercó su hombro a mis
brazo.
─ De
acuerdo ─cliqueó varias veces con el ratón del ordenador─ sean
breves, es puramente clasificatorio. ¿Seguro que no quiere un
refresco?─. Me preguntó con una ligera inflexión en la voz.
─ No
quiero un refresco ─La otra
noche cenamos pollo asado. Ana había sacado la cubierta fina y yo no
estaba a costumbrado a meter tenedores tan
largos en mi boca...─.
Venimos de tomarnos un café.
─
Eso está muy bien. ¿Cómo
conocieron de la existencia de estos encuentros?
─
fue un amigo ─indiqué.
─
¿Un amigo? ¿él también acude
a los encuentros?.
─ ¿Él?
─...la idea era la de invitarlos a todos, seguramente la de sacar
el tema y, entre todos, convencerme de la inconveniente actitud de
negación y rechazo que suelo ostentar─. Él no está ciego, es
abogado.
─ Muy
bien ─tecleó en el ordenador─. ¿Desde cuando adolece de la
discapacidad?¿cuál es el motivo de la misma?
Respiré
hondo, un ronquido involuntario
salió de mi garganta.
─ Desde
hace nueve meses ─dijo Ana, se inclinó hacia adelante y bajó la
voz─. Fue un accidente laboral.
Un
grupo de gente comenzó a reír desde una sala, seguramente la misma
de antes. Pero esta vez parecían risas de un carácter un tanto
antinatural. Prolongaron la reiteración cíclica de carcajadas
durante casi medio minuto.
─ ¿Alguna
prescripción médica?
─ ¿Por
qué se ríen? ─pregunté. No oía a Ana, estaba a mi lado y ni
siquiera podía oler su peculiar y natural olor a melocotón─. ¿Qué
les hace gracia?
─ Es
un ejercicio de apertura.
─ ¿Un
ejercicio de apertura?¿qué carajo es eso?
─ Jaime..
─Ana volvió a acariciarme el brazo con su mano. El bastón me
permitía seguir teniendo contacto con el suelo. Me lo regaló Ana.
También me iba a regalar el perro lazarillo, y fue ella la que
también propuso que viniera a estos encuentros y la que se ofreció
a costearlos.
─ Pues,
está relacionado con la confianza, pero... ─las ruedas de su silla
se movieron─. Será mejor que se lo preguntes a José una vez que
pases. Yo solo soy la secretaria.
─ ¿Tienes
perro? ─le pregunté
─ ¿Cómo?
─contestó
Ana
me volteó y cogió mi mano derecha, con la que sostenía el bastón.
Se puso de puntillas y susurró nuestra frase al oído.
─ ¿Tienes
un perro o no? ─fingí que Ana no estaba...
─ Sí,
tengo perro
─ ¿Necesitas
que tu perro te complete?
─ Jaime,
por favor ─...aunque ella seguía sosteniendo mi mano.
─ ¿Te
parece gracioso?¿les parece eso gracioso? ─le
pregunté.
─ No
es gracioso señor, no es gracioso Jaime, en absoluto.
Guardé
silencio. Elevé el bastón, su mano se soltó, y lo plegué.
─ Has
tenido que mirar mi nombre en la ficha ─le dije─. Puedes permitirte fingir que no lo has olvidado.
No
me había dado tiempo de aprender el recorrido, y menos aún de
memorizar las curvas y frenazos en sentido inverso. Ana, que estaba a
mi lado, no había dicho nada durante la vuelta y tampoco me había
tocado. Pero yo sentía su olor a melocotón.
─ ¿Qué
quieres hacer ahora? ─le pregunte, aunque ella no contestó e
imaginé que estaba mirando por la ventana─. Lo que yo quiero
─apreté el bastón cerrando el mango con todos mis nudillos─. Lo
que yo quiero es levantarme por las mañanas y que no me quede café.
Quiero que me duela la cabeza por el calor, tener la oportunidad de
levantarme con el pie izquierdo, ¿sabes?. Me gustaría tener miedo
de que me despidieran y no tener que hacer frente a este estúpido
litigio judicial. Me gustaría esforzarme lo justo para saber de
dónde venimos ─comencé a hablar más lentamente─. No tener que
estar tan atento si en algún momento quisiera volver─noté que se
acercó a mí, noté su aliento cerca de mi cuello─. No me gustaría
que tuvieras que acompañarme cada vez que viniera ─carraspeé y se
atrancaron mis palabras─. Pero tampoco me gustaría venir solo.
Yo
tenía la respiración honda. Sentí su aliento; sus labios casi
rozaban mi oreja.
Y
entonces dijo esa frase, nuestra frase.
10-4-14
martes, 8 de abril de 2014
Las aventuras de los seguidores del Rayo Vayecano - ejercicio
Finalmente el Real
Murcia consiguió ganar el partido contra el Real Cartagena y en la
puerta del estadio se congregaron la totalidad de sus seguidores más
afanados, entre los que nos encontrábamos camuflados. Dicha
circunstancia, en la que nosotros cuatro, como seguidores ecuánimes
del Rayo Vallecano, debíamos impedir toda manifestación de nuestra
pasión, resultó, una vez que se vió prolongada durante un largo
tiempo, complicada, dada la tendencia por nuestra parte de
condescender con ese incomedido sentimiento de ultraje, potenciado
éste por un continuo impelimento de nuestra identidad grupal; la
incondicional aversión a todo proselitismo, ya sea al Real Murcia o
cualquier otro partido o congregación que no derivaran directamente
del Rayo Vallecano; y los continuos pisotones con esparto de los
seguidores del Real Murcia. Pero no todo resultó, al final,
necesariamente negativo. Dicha regulación encubierta de nuestra
empresa nos permitió percatarnos sucesivamente de ciertas
peculiaridades endogrupales de las que no habíamos caído en cuenta,
dada la ajetreada tendencia del tiempo moderno a acelerar la
actividad civil, y las pocas oportunidades, que por ello, habíamos
tenido de poder disfrutar del sosiego de un espacio de privacidad.
Sin embargo, la multitud coreaba clamorosamente los cánticos
generacionales de la victoria y los individuos retozaban los unos con
los otros como perros, o gorilas, en una fase prefecunda. Y fue ahí
cuando nos percatamos de que un hombre que ostentaba una pieza de
plástico con forma de pene, pero que lejos de la propia
representación figurativa pretendía usar con una mera función
megafónica, comenzó a dirigir célebres frases al colectivo, para
algunos advenidas al caso como aforismos comodines que nunca fallan;
“viva el Real Murcia”, “viva la madre que nos parió”,
“ole, ole y ole”. Tras
lo cual la masa vitoreaba tras cada una de las frases emitidas . Pero
para nuestro bienestar grupal, dicha circunstancia y elevación de la
intensidad de la ceremonia, solamente consiguió ponernos más
nerviosos, además de procurarnos una indigestión cognitiva, que en
el caso de Leopoldo le llevó a un estado catatónico del cual salió
una vez los basureros, a las tres horas, ya habían recogido la mitad
de los residuos ceremoniales, y el resto de nosotros había salido
del ratio carismático que caracteriza a Murcia. No sin antes, por
supuesto, haber empaquetado unos cuantos pasteles murcianos para
nuestros antecesores familiares. Pero en aquel momento de jolgorio
sin parangón, cierto es que nos sentimos completamente bloqueados,
tal como declaramos en aquel informe que a los cuatro días
suscribimos decretando que no volveríamos a hablar del asunto.
Consienta usted esta disensión, dados los márgenes
extravivenciales en los cuales el contrato de nuestra relación está
enmarcada. El caso es que nos sentíamos bloqueados, no sabíamos
cómo comenzar, cómo elaborar nuestra misión, habíamos perdido
todo propósito pese a la esclarecedora sencillez de la operación y
las precisas directrices que el heladero del callejón consiguió
transmitirnos. En aquel momento, dichos propósitos de nuestra
empresa se desplazaron a un lugar desconocido hasta entonces por
nuestra conciencia, experimentamos el hosco emplazamiento de la
agnosia, incluso un sentimiento acuciante de muerte. Mientras que,
insisto en este punto, estábamos completamente rodeados por
Murcianos absortos que coreando el himno de su victoria, y que tenía
un efecto agonizante y estertoroso en todos nosotros, más acuciante
aún dada la necesidad de ocultación. Y aunque habíamos olvidado el
motivo por el que habíamos partido, le digo yo, que todos
entendíamos en ese momento la fútil insignificancia de un
espermatozoide y la sobrecarga que puede llegar a experimentar cuando
se encuentra en la tesitura de tener que ir para el lado izquierdo o
el derecho. Sí, me refiero a las depuestas trompas de falopio y no a
los testículos; puesto que si el espermatozoide se viera en la
tesitura de elegir cual será la cuna depositoria de su efímera
existencia, sería esto una cuestión de tal calado existencial, que
pese a su relevancia, acabaría por ser tan gastada como; “¿si
dios lo hizo todo, quién hizo a dios?”, o el caso de esta
otra, más sutil y por ello más perniciosa; ”señor, ¿es
normal que tienda a descalificar a la mantis religiosa por su
escabrosa forma de vida?, ¿no es acaso esto el atisbo de un mensaje
divino, o el canal que nuestro señor usa, para decirnos que el sexo
está mal, tal como chuparse el dedo de pequeño por el verificado
desvío de molares que ocasiona?”.
Estábamos nosotros
alcanzando una perfecta entelequia de nuestra crisis, cuando
Leopoldo, sin salir de su estado catatónico dijo;
─ No
soy capaz de entender por qué estamos aquí, me siento perdido, y
también desconsolado.
Dicha
concienciación, pese a la evidente espasmosidad sostenida de
Leopoldo, me permitió reaccionar súbitamente y desligarme de esta
especie de estupor en el que como grupo nos estábamos sumiendo. El
resto de los componentes del grupo seguían en estado de estupor
mirando al cielo y realizando unos sonidos guturales ininteligibles
pero que poco a poco comencé a discriminar como hipnos cánticos del
Rayo Vallecano Dicha apreciación me incitó a actuar de manera
apremiante, puesto que si solamente un Murciano se percataba del
contenido de dichos anunciamientos alienantes; nuestra misión se
vería completamente fracasada. Al final opté por sacarme la cuca y
orinar en los pies de mis compañeros, lo cual les permitió volver a
conectar con los parámetros más normalizados de la realidad.
─ ¿Qué
ha pasado? ─dijo José─ ¿dónde he estado?¿por qué me has
meado?
─ Ahora
da igual ─comencé a exponer─ las respuestas irán surgiendo en
el debido tiempo. Resituaos, y simplemente entended que este
paréntesis, o lapsus, debe tener alguna explicación racional.
Simplemente ahora no es el momento de detenerse, si así sucede,
nuestra misión fracasará. Por ello os insto encarecidamente a que
recordéis nuestro compartido cometido. Y respecto a lo de la orina;
es consabido que en momentos desesperados mear en el pie resuelve
toda situación desregularizada; tal es lo que quedó implícito en
el imaginario colectivo de nuestra particular generación gracias a
el sorpresivo episodio de “Friends” en el que a Joey le picaba
una medusa.
─ No
sé si es normal ─reflexionó José─ pero siento que tengo gran
capacidad para entender en este momento todos los misterios e
inquietudes que puedan ser planteados, siento que he conectado con la
raíz más trascendente del problema humano.
─ No
recuerdas dónde has estado, pero todavía preservas la sensación
residual resultado de la potente sugestión de la crisis existencial.
Y es normal que no hayas sido capaz de salvaguardar la memoria de
todo lo acontecido. No debe ser esto motivo de escarnio ni debe
retrotraerte a las afrentas del jardín de infancia. Es normal que
olvides, tu viaje fue tan intenso que ha resultado ser incontenible
para tu conciencia; insoportable para la levedad de tu sistemático
discurrir cognitivo, curtido de tal modo en parte por los reforzantes
beneficios del fútbol y el azúcar refinado.
─ lo
que dices ─se tocó la frente─ ¿debe hacernos perder el control,
la coherencia?¿debo dejar de amar al equipo?
─ No
─reflexioné dos seguidos con el motivo de hacerme entender de la
manera más taxativa posible y pasar página sobre el dichoso e
impertinente problema de la alienación espontánea; ya sé yo que
adentrarnos en una horda como la del Real Murcia iba a ocasionar de
sobremanera un contraste con nuestra identidad social, pero ya los
riesgos están asumidos y ahora debemos tirar para alante─ Debemos
ser meditativos, observarnos a nosotros mismos con perspectiva y
distancia precisa, discernir la solemne verborrea y la acción noble
de las quejas subcorticales, primitivas y vulnerantes que puedan
surgir en episodios críticos de nuestra vida, pero cuya emergencia
debe permitirnos recordar los principios por los que nos movemos;
reafirmarnos en el pasado y saber que toda divagación malograda es
solo propia de espiritualistas perroflautas y alternativos de poca
monda que no quieren pagar los impuestos de los fármacos que
mantienen a nuestra prole tranquila.
─ ¡La
tesitura!¡el espermatozoide!─se tiró de los pelos─ ¡ese
abismal dilema! !el camino de la nada, Pedro!
─ ¡Vas
a llamar la atención! ─tuve que optar por propinarle dos guantazos
─ya estás fecundado, José, ¡deja de tocarme las pelotas y vuelve
a la realidad!
─ Es que...
─ He dicho que ya estás
fecundado, dejaste hace muchos años atrás tu forma de vida
espermatológica, ¡ahora eres un seguidor del Rayo Vallecano!
─ Yo...─ José proyectó los
ojos al cielo, y los cánticos del colectivo se nos hicieron más
notables. Poco a poco condescendimos con una serena y concienzuda
toma de tierra. Como ya quedó sabido, fue Leopoldo el único que no
pudo salir del inesperado estado catatónico en el que quedó. Pero
muy lejos de resultarnos preocupante, obtuvimos José y yo un
gratificante desahogo al poder prescindir de sus continuos antojos y
poder centrarnos en nuestro objetivo.
Los
bramidos y la estridente celebración de los murcianos era lo que
seguramente había ocasionado nuestra crisis pasajera. Pero lejos de
ahondar en este tema, decidí emplazarlo para otra ocasión. José y
yo nos miramos a los ojos, nos cogimos las manos durante contenidos
segundos, y sentimos la unívoca necesidad de empezar a llevar a
acabo un adecuado escrutinio del colectivo para alcanzar la
consecución de nuestro logro. Y sí, no había más opción, era en
ese momento o ya no era nunca más. Debíamos hacernos con la
identidad real del misterioso afiliado de nuestro equipo natal;
Arrugas Melos.
Los
siguientes pasos no fueron complicados, todo se desarrolló por sí
mismo y cada paso llevó necesariamente al siguiente. La verdad es
que no hizo falta profundizar mucho en el espionaje para saber que el
carismático Arrugas Melos se hacía llamar Micondo Tretis en el Real
Murcia. Dado que en la celebración de la victoria, en un sector más
conservador de la horda de seguidores, todos los viejos y viejas,
niños y preñadas rezaban alrededor de la escultura que representaba
nuestro objeto de búsqueda. La escultura estaba hecha de plata, con
sumo detalle y perfeccionismo, y alzaba una de sus manos mirando al
cielo con unos ojos entreabiertos que le glorificaban mientras
ascendía a una especie de nirvana. De su boca salía un fino
bocadillo, también logrado con plata, del cual podía leerse la
frase, efectuada con incisiones seguramente antes de que la plata
quedara completamente enfriada; “acho
que calor”. Según
nos informó un hombre semiposeído por la plegaria colectiva, que se
encontraba de rodillas llorando y bebiendo calimocho, el llamado
Micondo Tretis había ejercido de guía de las almas perdidas y que
todos lo que allí se encontraban vivían, hasta su aparición,
malamente en la intemperie.
─ Él nos inculcó con sutileza
y retórica las reconfortantes ventajas del fanatismo. Nos explicó
las reglas del deporte futbolístico y nos enseño lo que es un fuera
de juego, el significado de la palabra árbitro, y la verdad, poco
más.
─ ¿Por eso lo veneráis de ese
modo? ─le dije movido por una curiosidad innata.
─ No necesitarías enseñarle a
un fumeta las propiedades del cannabis, ¿verdad?. Puede, en todo
caso, que él lo busque por aburrimiento o inducido por una hipotonía
que le impida levantarse de la cama, pero que despierte la curiosidad
de usar el ordenador que habita en su lecho como la jeringuilla de un
diabético. Pero aquí, en este club, nunca jamás nos aburrimos.
─ Andrés ─me susurró Jorge─
ha dicho diabético.
─ Lo sé, pero no es momento de
hablar sobre la etimología de la palabra. Aunque, pensándolo bien,
pudiera ser que en un momento desesperado, criticar la constitución
de la diabetes a través de una inducción planetaria procurada por
una conspiración del País Vasco, y más concretamente el Betis,
sería una oportunidad perfecta para estimular con los murcianos una
confianza que pueda ponerse en entredicho, y ya de paso endosar a
esos malditos cerdos del Betis un buen hostigamiento del que no
tengan ya valor de desquitarse. Pero no quisiera adelantar
acontecimientos, José
─ ¿De qué habláis? ─el
calimochero nos miró estupefacto, y a la vez distraído, impelido
por un rítmico son al que los seguidores coreaban frente a la
escultura de Micondo Tretris.
8-4-14
domingo, 30 de marzo de 2014
Mirar fuera
Es estimulante
hacer frente a los misterios,
aunque tu posición ante el mundo se diluya
y tu voz tenga menos eco
o requiera más esfuerzo.
Y también es normal
que entonces todo parezca ruido
o que se repita con melódica simpleza,
con su patrón
de inicio, desarrollo y desenlace.
31-3-14
hacer frente a los misterios,
aunque tu posición ante el mundo se diluya
y tu voz tenga menos eco
o requiera más esfuerzo.
Y también es normal
que entonces todo parezca ruido
o que se repita con melódica simpleza,
con su patrón
de inicio, desarrollo y desenlace.
31-3-14
INDETERMINACIÓN
Pienso que somos una cosa
y muchas cosas,
que hay muchas partes de nosotros
que responden
a diferentes necesidades.
A veces me he torturado por no ser claro
y he tildado mis vaivenes de conflicto,
¿pero sabes qué?
el sexo es mucho más que sexo,
el amor es mucho más que amor
y yo soy mucho más incluso de lo que creo
y a la vez soy menos.
Solo quería decirte, que mañana como en antropología
porque tengo una tutoría con Félix,
por si te pillaba bien para comer juntos.
31-3-14
sábado, 29 de marzo de 2014
el reloj de arena
¿Pero
a ti te gusta escribir?, me
pregunta ella mientras paseamos por los jardines de la granja. Es
Domingo, los fines de semana no tenemos que trabajar y hoy
ninguno de los dos propuso coger el autobús para ir a la ciudad, a
pesar de que hace un día perfecto. Ana es pintora, estudió bellas
artes en Madrid y ahora quiere viajar para aprender inglés. Hoy hace
dos semanas que vino a al granja, llegó empapada y algo atorada; no
estaba acostumbrada a la lluvia de Irlanda. Le destinaron la cama sin
ocupar de la habitación en la que yo dormía, lo cual, lejos de
facilitar que me familiarizada con ella me volvió aún más retraído
que en otras circunstancias. ¿No me respondes? Te he visto
escribir algunas noches, ¿es un diario?.
¿Qué quiere que le cuente? ¿Que soy un trotamundos que no cree en
la utilidad de casi nada? ¿Debo describirle mis escritos trabados
del cuaderno? ¿Debo contarle que escribo por el mero hecho de abusar
de la palabra y de la fugacidad de imágenes como si fueran búnkers
ante la realidad?. Tengo que ir a coger algunas calabazas;
me despido y me dirijo al bosque; si mi reacción no le ha resultado
estúpida, al menos debió resultarle inquietante. En
Irlanda nunca deja de llover, pero en algunas parcelas del bosque las
hojas de los árboles retienen la lluvia. Cuando paseo por debajo de
los árboles siento que un imperfecto paraguas me cubre junto al
envolvente sonido de las hojas, como si fuera una carpa de circo y yo
un animal descansando en la noche. Al final las gotas caen, y aunque
eventualmente, desde la corona de los árboles son arrojados pequeños
torrentes de agua que se acumularon en la concavidad de las hojas,
toda la parcela está inundada de pequeñas gotas que parece que se
resisten a tocar el suelo. Flotan livianas, como si se hubieran
descargado en la frondosidad, como si se hubieran limpiado hasta
desgravitarse al final de su trayecto, justo antes de morir. Ando
dejando mis huellas sobre el barro, avanzo, y a cada paso las gotas
se posan en mi como polillas, o quizá soy yo quien se posa poco a
poco en ellas, hasta flotar del único modo posible; sintiendo la
muerte debajo de mis pies, o intuyendo un arrojadizo abismo en algún
lugar próximo.
El
terreno es húmedo, un pequeño riachuelo cruza el camino compuesto
de hojas rojas. Me desvío y lo sigo desmarcándome de la senda. A
los diez metros llego a una pequeña reclusión de agua coloreada por
extrañas bacterias. Un tallo nació del fondo y sus pequeñas ramas
asoman hacia la superficie, el agua estancada permitió que creciera.
En este tipo de encuentros con la naturaleza encuentro una perfección
indescriptible; todo sucede gracias a un silencio que se eleva sobre
el constante fluir del agua, y que va más allá del rozamiento de
las hojas, que se mueven por el efímero tránsito del viento. La
naturaleza tiene su propio latido, y todo sonido, por impredecible
que resulte de primeras, acaba encharcándose de una sincronizada
respiración. En
la playa de la concha el calor es insoportable, a veces lo anhelo,
aunque he dado tantas vueltas por el mundo que ya no sé qué es lo
que más echo en falta. Pero a veces suelo recordar las olas, siempre
constantes y latentes en todos los momentos que compartí allí. Esas
olas fueron como el latido de mi madre mientes estuve en su vientre.
¿Acaso no todas las cosas nos retrotraen a otra cosa anterior? Quizá
ese latido que yo patenté, en el mar y ahora en este bosque, siempre
ha sido el mismo. Si esto es así, entonces todo está dentro de mí;
no hay nada fuera, y en este bosque no acontece espiritualidad alguna
y todo es una pantomima practicada. Al final siempre me enfado,
concretamente me enfadan las vueltas que siempre doy en mi mente, las
vueltas que doy por el mundo, y hasta las vueltas por este bosque
acaban resultando tediosas, por no hablar de las vueltas que doy
entre la exuberancia y el desprecio por lo vivo. Siempre he sido un
testigo de mi vida; me dijo un anterior “woofer”. Él era
terapeuta y hacia un alarde desmedido de su actitud por decir todo lo
que piensa. Pero tenía razón, evito hablar de mi vida para evitar
que alguien desmienta mi frágil torre de marfil. Me he pasado la
vida entera buscando, buscando y buscando, y solamente he encontrado
espejos en los que he conseguido validar mi reflejo, y he olvidado
que un espejo frente a otro extingue la energía de la luz, y al
final el espejo no refleja nada. Cuando la tristeza se junta con la
tristeza la tristeza se potencia aún más, eso, o también uno puede
tomar la decisión de congraciarse en una tarea litúrgica de
colorear una vida sin ambages; qué mejor que cuatro manos para
pintar sobre cristales oscuros. ¡Toda la vida es un espejo! La
habitación donde duermo, cada ciudad a la que viajé y en la que
intenté olvidar que estuve en la anterior. Ana también es un
espejo, un espejo reaparecido en el que ya me arrojé miles de veces.
Toda porción de tierra y de mar es un espejo, la arena de la playa
de la concha es un espejo, y esa arena que pisé durante años fue la
que compuso la estructura del reloj que he cargado otros tantos, y
cuyos dos recipientes también se miran y se anulan mutuamente como
dos espejos. Las olas que cadenciaban mi relación con Gabriel, esas
olas. Me desgarra por dentro falsearlas, deshacerme de ellas. También
en torno a Gabriel doy vueltas. ¿Sabría él que se había
convertido con los años, aunque ni tan siquiera habláramos, en el
eje de mi amor y mi tedio? ¿Sabía él lo que hacía cuando me lanzó
animoso a esta aventura, cuando me pidió que escapara?. No sirve de
nada saber, me he levantado demasiadas mañanas constatando que la
mentira es inextricable. Lo que pienso son impulsos bioeléctricos,
lo que recuerdo son impulsos bioeléctricos, lo que siento son
impulsos bioeléctricos. Siempre he renegado de toda condescendencia
con mi propia naturaleza; “el rojo es amor, el verde es
frondosidad, el marrón es caducidad”. He
requerido construir una vida entera basada en la continua
deconstrucción de mis fenómenos básicos; lo mío ha sido cortar y
recrear, cada vez de forma más compleja, cada vez creyéndome más
especial, pero lo único que he conseguido es haber vivido quince
años en la carpeta del borrador. Siempre me he creído libre, he
intentado jugar a las marionetas con mis impresiones, pero jamás he
intentado preguntarme por el origen de mis títeres, ni siquiera les
he apreciado, ni siquiera les he dado valor ¡Oh dios!. Apoyo mis
manos en el césped, está húmedo y mis dedos se untan de fango. Me
he convertido en un hombre de metal. He operativizado los elementos
de mi, mirando los árboles y olvidando el bosque, he operativizado
lo que creo que controlo para ejecutarme libre en la vida, y
esperando una correspondencia inmediata por mi fortaleza. Jamás he
mirado la vida por lo que es, y nunca me he preocupado por entender
el lenguaje. Pero la parte más esencial de mí me ha astringido por
detrás, me ha atorado noches enteras la garganta, ha extendido las
arrugas de mis párpados, ha inflamado mi corazón para convertirlo
en una pesada carga que siempre he acumulado en el pañal. Y ahora me
duele la cadera de tanto cagar mi integridad. ¡Gabriel! Tú me
empujaste a otra vida, y yo te he odiado porque mitifiqué tu
franqueza, di crédito a tus designios como si fueras un guardia de
tráfico y yo un conductor nobel. He manufacturado un maestro sagaz
del relativismo y jamás he visto la absoluta determinación que tu
figura ha tenido en mí. He querido crear una planta de tu semilla, y
he convertido ese medio en mi objetivo. Y lo he estado haciendo con
adornos, con bolas de navidad, sin escucharme profundamente, si acaso
apreciando los recuerdos maquetados, categorizando las ondas de los
latidos, acudiendo a la meditación, como a este bosque, como acudía
a misa los domingos con mi madre pensando en el croissant del
después. No me he escuchado porque únicamente he mirado el tiempo a
través del cristal del reloj que me diste. He seguido adelante, he
tenido miedo a romperlo y he sublimado la belleza, sin entender su
fundamento. Quiero mojar la arena seca en estas tierras húmedas,
quiero ser una gota flotante que sobreviva al frondoso estrato de la
planta que generé y que lleva tu nombre, quiero bajar al espacio
terrenal y moverme liviano, sin pañal, al menos, antes de alcanzar
la muerte. En realidad quiero la muerte, y quiero rebotar al borde
del abismo para dirigirme a un nuevo recodo. ¡Sin arcángeles,
Gabriel!. Quiero romper el tiempo y hacer añicos todos los espejos.
Sin arcángeles, Gabriel, esta vez sin arcángeles.
29-3-14
martes, 25 de marzo de 2014
el reloj de Gabriel
El
colegio fue algo fugaz, aunque en él aprendí todo lo necesario para
saber cómo saber, o cómo no saber, lo cual se convirtió a lo largo
del tiempo en mi más esencial inquietud. Algo se gestó en la playa,
de eso estoy seguro, desde el momento que aquella pelota se me escapó
de las manos, y Gabriel la cogió, enfadado, por haberse enredado
entre su red.
Qué
decir del aula del colegio, donde compartí tantos momentos con mis
amigos, donde reíamos y nos preocupábamos por otro son que no se
batuteaba por nuestro tutor. Esos pasillos extensos y las luces ocre
de las viejas lámparas tendidas del alto techo, sobre el que la
indiferencia de nuestro albedrío no llegó a plasmarse, sobre el que
las generaciones pasaron royendo como ratones que conocen a la
perfección el principio de placer y que se privan de cuestionar la
procedencia de la mano que los alimenta. En esos pasillos, vivimos
condensando nuestra marcha de aula en aula, empujándonos con las
mochilas, luciendo nuestros peinados y yéndonos la vida en ello. Por
ese pasillo anduvimos durante años, para luego, perdernos en el
tiempo, en un angosto mar, donde todos nos perdimos de vista como un
zócalo que la erosión divide.
A
saber qué sería de Juan el del tirachinas, o de Jorge el metegatos
o Antonio y sus peleas en el campo con las abejas.
Pero
al fin y al cabo, ese colegio era una extensión de la oquedad de mi
hogar. No era sino en la playa, donde el sol no dejaba de fulgurar y
las dispersas conchas avisaban de su localización con el reflejo del
sol, donde yo descubrí un espacio diferente, un espacio intersectivo
que conectaba mi vida de ahora con mi pasado. Era Gabriel, en su
labor constante, en ese rincón que las rocas protegían del viento y
que preservaban su temple, donde él con sus precisas palabras,
consiguió que yo valorara el silencio, y que imaginara el movimiento
de las rocas, pese a su obvia quietud. Y daba igual donde estuviera
porque ese silencio y ese movimiento siempre volvían a mí de algún
modo. Siempre estaba ahí, ya sea en los laberintos de las tuberías
que se escondían en tantas ciudades por las que paseé, o en los
árboles, como éste, sobre el que me recupero apoyado tras ocho
horas de reforestación con la familia Hadddison. Al final todo
volvía a su primer código: Gabriel. Era aquel hueco minúsculo del
mundo, en la playa de la concha, sobre esa arena fina que fue de un
hueco a otro del reloj; fue Gabriel en la intersección, lo que
cambió las dimensiones del tiempo. Aunque era yo el que debía ahora
romper los cristales del reloj que contiene esa arena. Fue allá, en
el otro lado del mundo, donde la semilla, que cada vez toma más
parte de mí, se gestó, se regó y comenzó a germinar. Y fue en el
reflejo de Gabriel, aunque no lo viera, y en mi marcha, y en mis
continuos reencuentros, donde acabaría por descubrir esa semilla
enraizada en mí. Esa semilla es ahora innegable, mucho más clara de
distinguir una vez que el tiempo y la paciencia se combinan para
destrincar la madeja que la rodea. Al final la descubrí ahí, negada
por la memoria pero indeleble en mi recuerdo. Esa semilla siempre me
hizo querer más, querer incluso lo que no era capaz. Esa semilla se
apropiaba de todas mis compañías, de las personas que más cerca
estuvieron, pero que yo desterré. Era como un imán con dos polos,
lo que temes y lo que más profundamente anhelas. Sin Gabriel no
hubiera habido conflicto, sin conflicto no hubiera habido búsqueda,
sin búsqueda nunca habría encontrado este silencio; el hueco sin
viento, donde la pelota y el juego se enredaron aquel día en la
sencilla labor de mi maestro.
25-3-14
viernes, 21 de marzo de 2014
Sutil posesión de mi
El afán de cupido dispara mi pecho
desnuda mi mitad, y desplaza la otra.
Cierro los ojos, y me apunto como un
surfero a las olas.
Mi otra mitad pasea allá,
en otro
camino,
en otra historia.
Yo me despierto asustado,
en la cuna de tus manos,
sintiendo el
vértigo
de una gota desprenderse del resto,
que cohesiona su forma en la caída,
y
se nombra,
como un rayo que el ojo captura.
La reclamo,
al final reclamo mi otra
mitad,
y me asusta el velo que cubre este abrazo.
Me libero de ti.
El entusiasmo del espíritu
me chupa
detrás de la espalda
y me precipita a la simbiosis de
sinsentidos
que se funden con los sueños;
como burbujas en un vaso.
Los misterios de la muerte
se esconden
detrás de las conexiones
que reverberan con la luz,
o que se pliegan debajo de la almohada.
Los misterios de la muerte esperan
como
un espejo negro
detrás de la coherencia,
y abrazan, como serpientes, las sinapsis;
y
yo olvido los nombres y el tiempo.
Mis afectos se atrapan dentro del muro,
y en él apoyo mis manos,
y siento el latido que quema
la lámina de las fotografías
que pasan por el río,
para nunca volver.
Miro desde la orilla; ni dudas,
ni
respuestas asoman en mi pecho.
Porque ahora soy el árbol, el árbol
pleno
que entiende el lenguaje del sol.
Mi congoja ahogada sale, socorrida, por
mis poros,
y yo lloro mi esencia perdida
en mitad
de la calzada.
El tráfico se para, todos me miran.
Me gustaría que ellos trascendieran de
los códigos,
que salieran de sus cabinas
metalizadas,
que sintieran el sensible ciclo del
polvo
y sus moléculas navegar
por el cielo de
las persianas
como barcos de neverland.
Me gustaría, sencillamente,
que anhelaran
las ramas más profundas
las ramas más profundas
que atoran sus conductas,
que señalaran con tiza el carril de
fábrica
sobre el que sus latidos se disponen, ya escrutados.
No han contemplado,
no lo han hecho
aún;
la inmensidad indecible,
ni la desesperación de la palabra que
se anula y
asume su insuficiencia.
Han descreditado la figura de su dios,
porque han pensado
que el ocaso lo
constituye el verbo;
y odian engañarse.
y odian engañarse.
Aunque, sin darse cuenta,
han vertido nombres sobre el mapa,
han vertido nombres sobre el mapa,
y ahora viven en el mapa.
Han desterrado a su dios,
lo han quemado,
aunque han creado
una manada de becerros dorados,
una manada de becerros dorados,
y no se han preocupado por los andrajos
que obstruyen el hoyo que se oculta
debajo de sus camas.
Han olvidado los abismos,
la construcción prenatal del latido,
el proceso por el que los perros
aprendieron a ladrar.
Y han mirado la luna,
para reproducirla,
en un emoticono.
No pienso amar;
ni tu cristal
ni mi sombra
21-3-14
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