lunes, 28 de abril de 2014

Pensar el amor

Esta noche, de nuevo, soñé que te perseguía.
Y de nuevo, soñe que no te alcanzaba.

Me desperté con resaca,
la desconocida dormía a mi lado
y ocupaba casi todo el colchón.
Busqué la libreta, una página al azar,
y un bolígrafo sin gastar del escritorio.

Lo que no quería era escribir
un poema romántico.
No es que no aprecie el amor,
o pensar el amor,
es que así ya no se lleva.

Hoy día se lleva lo de renunciar.
Cada generación renuncia a la anterior
y los estratos pierden el sustrato común
de la memoria.
Hoy la cultura es global,
también líquida.
Y si no se abstraen los vínculos
entonces se conservan por skype o whatssap.

Renuncio a este amor,
impropio de este tiempo,
donde imaginar sale tan poco rentable.

No quería que el poema fuera romántico,
aunque hay algo de nostalgia en todo esto.

Todavía me peleo con mis recuerdos.
Quizá deba pensar mi amor
y entonces sus huellas
se vayan con barro de lluvia.
Eso, o aceptar
que ella nunca me quiso.

28-4-14

viernes, 25 de abril de 2014

Vivencia y suceso

La vivencia es atemporal,
aunque en ella se construye la fe en el tiempo.
y todo suceso pasa
en el infinito de un momento.

En la vivencia,
se pueden desmoronar
las autocontenciones de la vida;
y lo atemporal hacerse desespero;
como un eterno llanto de bebé
que se arrastra hasta dos segundos
antes de morir.

Solo dos segundos,
donde el suceso acaba con la vivencia
¡Un atropello!
¡El click de la puerta de una celda!;
cuando la respiración se va.
Justo ahí,
y las causas se desilachan,
mientras el cerebro se desactiva
y la red se hace más y más pequeña.

En ese instante,
el sueño más olvidado se explicita,
se cierra el telón de la vida
y la identidad,
se descubren los bastidores a la audiencia.
Ahí, justo ahí,
tras ese espectáculo dejado atrás,
donde nos creímos
las coordenadas del tiempo
y su presión;
vivencia y suceso se juntan
cuando todo se apaga.

25-4-14

sábado, 19 de abril de 2014

EL PASADO EMANA

El pasado emana,

se desliza por la realidad
como un sueño rebelde en el día.

Ese pasado, ahora sintomatizado,
da martillazos de pico en mi sangre
electrocuta mi médula espinal
y cuestiona la sinergia de mis ojos;
simplemente me tambalea
como una cruenta guerra silenciosa.

Quien habla de pasado marchito,
quizá no entiende la máxima sistémica
de que lo muerto convive con lo vivo
si hay un único corazón en el epicentro.

La cosa es,
que el pasado emana,
engarza otras voces "superiores"
con sus manos  petroleras,
desmiente la mentira constante.
Y durante unos segundos;
yo, que tanto me valido,
dejo de respirar.

Pero ese pasado,
que es latente,
proyecta sus sombras de miel
sobre mi curtido campo
desde su discreta fábrica
escondido en el cobertizo
¡cuánta humedad ahí abajo!.
Aunque cuando el cielo no descampa,
y me agobia el negror,
no hay nada que conozca mejor
que mi propia viscosidad,
es como el parto de un insecto,
y eso arropa mucho;
sobretodo por el tiempo,
se me pasa tirado en el sofá.

Mi pasado
quiere superar mi imagen,
construir una versión “2.3.4.5.2beta” de mi yo.
Solo quiere negociar conmigo,
ya sabes, sentirse aprobado, como yo de pequeño
(es que ahora soy hipster y requiero mucho consumo).

Pero si la vida es un juego,
y más allá de fútiles combates,
todo es un todo;
quizá no valga tanto drama
constreñirme por llantos, o buscar arropo desesperado,
ni tan siquiera aplomarme,
o arrancarme los órganos periféricos
(hay una oreja que me sobra), o anhelar
la capa de superhéroe con la que algún día
creí que podía lanzarme por la ventana.

Tras unos segundos de temblor,
al final,
lo mejor es la gracia que se queda.


19-4-14

jueves, 10 de abril de 2014

Sin ti estoy ciega

En este caso el recorrido era inusual, aunque lo sabía, sobretodo por las curvas y frenazos del autobús; la diferencia con otros viajes era especialmente notable. ¿Me dice dónde está el centro comercial?. El encuentro tendría lugar dentro de cuarenta minutos. Según me contaron, suele haber un protocolo de presentación y están acostumbrados a nuevas afiliaciones. Sí claro, le faltan aún tres paradas. Ana cogió mi mano y dibujó con el dedo índice en mi palma. El sol achicharraba y la continua ida y venida de edificios ocasionaba una alternancia de calor y frescura en mis brazos.
Entonces me susurró esa frase, nuestra frase, al oído. Yo sonreí.
Apreté el bastón desmontado con mi mano derecha. El autobús parecía atestado, aunque esto era difícil de discernir dado el silencio al que los viajeros generalmente se someten. Nunca antes había estado en esta zona de la ciudad. Siempre que salía solo, acababa haciendo el mismo recorrido, aunque ella casi siempre me acompañaba allá donde iba.
Alguien había solicitado nuestra parada y ella me apremió para que me levantara y me dispusiera a salir del autobús. Me contuve de pie hasta que las puertas se abrieron, tras lo cual ella cogió mi mano y la posó en su hombro. Guiaba mis pasos, aunque no me avisó del escalón del autobús puesto que era el mismo en todas las paradas.
Y es cierto que irradiaba, mucho más que cuando subimos, y si no es una cuestión temporal, mucho más que en el centro. Por una extraña razón en las zonas más extraradiales siempre he tenido la sensación de que hace más calor; quizá sea la desolación industrial.
─ Puesto que nos sobra tiempo podríamos tomar antes un café, ¿qué te parece?
Moví la cabeza de un lado a otro. Juan tuvo un perro lazarillo y siempre decía que podía imaginar su cara cuando sacaba la cabeza por la ventanilla del coche. El sol irradiaba pero hacía una brisa que pocas veces he experimentado.

─ ¿Cuál es tu nombre?
Ajetreaba sus papeles y cliqueaba eventualmente el ratón.
─ Jaime
Siguió moviendo los papeles. El aire acondicionado hizo estornudar a Ana, que amortiguó el sonido con su mano, tras lo cual me cogió la mano derecha que asomaba debajo de mis brazos cruzados.
─ Muy bien Jaime ¿y cómo estás?
No sostuve la mano de Ana y descrucé mis brazos. Mi bastón estaba desmontado; yo apoyado en él y él en el suelo.
No respondí, y se oyeron unas repentinas risas de una sala recóndita del edificio.
─ Si lo deseas, Jaime, tenemos una máquina de refrescos en la entrada, codificada en braille.
Hace años Ana me reprochó que yo no quisiera tener un perro lazarillo.
─ Perdona si... ─Ana dejó la frase a medio, tras lo cual no se oyó nada durante unos segundos. Y cuando digo nada es porque es nada. Ana acarició mi brazo con varios de sus dedos.
No me habían hablado del color de las paredes, pero intuía que era blanco, y que los ventanales eran lo suficientemente grandes para tener una buena excusa para poner el aire acondicionado a toda marcha.
─ Pues necesitaría usted rellenar previamente este protocolo
De nuevo, el sonido de papeles.
─ Muy bien ─dijo Ana. Escuché el sonido de pieles moverse, el cuero del bolso rozando con su camiseta.
─ No hace falta, aquí tiene un bolígrafo.
─ Muy bien ─repitió Ana
─ Son solo cuatro preguntas para clasificar su perfil, si lo prefiere las leo en voz alta, lo termino rápidamente y así accede al encuentro, que ya ha empezado.
─ No sabíamos lo de la encuesta ─dijo Ana. Acercó su hombro a mis brazo.
─ De acuerdo ─cliqueó varias veces con el ratón del ordenador─ sean breves, es puramente clasificatorio. ¿Seguro que no quiere un refresco?─. Me preguntó con una ligera inflexión en la voz.
─ No quiero un refresco ─La otra noche cenamos pollo asado. Ana había sacado la cubierta fina y yo no estaba a costumbrado a meter tenedores tan largos en mi boca...─. Venimos de tomarnos un café.
─ Eso está muy bien. ¿Cómo conocieron de la existencia de estos encuentros?
─ fue un amigo ─indiqué.
─ ¿Un amigo? ¿él también acude a los encuentros?.
─ ¿Él? ─...la idea era la de invitarlos a todos, seguramente la de sacar el tema y, entre todos, convencerme de la inconveniente actitud de negación y rechazo que suelo ostentar─. Él no está ciego, es abogado.
─ Muy bien ─tecleó en el ordenador─. ¿Desde cuando adolece de la discapacidad?¿cuál es el motivo de la misma?
Respiré hondo, un ronquido involuntario salió de mi garganta.
─ Desde hace nueve meses ─dijo Ana, se inclinó hacia adelante y bajó la voz─. Fue un accidente laboral.
Un grupo de gente comenzó a reír desde una sala, seguramente la misma de antes. Pero esta vez parecían risas de un carácter un tanto antinatural. Prolongaron la reiteración cíclica de carcajadas durante casi medio minuto.
─ ¿Alguna prescripción médica?
─ ¿Por qué se ríen? ─pregunté. No oía a Ana, estaba a mi lado y ni siquiera podía oler su peculiar y natural olor a melocotón─. ¿Qué les hace gracia?
─ Es un ejercicio de apertura.
─ ¿Un ejercicio de apertura?¿qué carajo es eso?
─ Jaime.. ─Ana volvió a acariciarme el brazo con su mano. El bastón me permitía seguir teniendo contacto con el suelo. Me lo regaló Ana. También me iba a regalar el perro lazarillo, y fue ella la que también propuso que viniera a estos encuentros y la que se ofreció a costearlos.
─ Pues, está relacionado con la confianza, pero... ─las ruedas de su silla se movieron─. Será mejor que se lo preguntes a José una vez que pases. Yo solo soy la secretaria.
─ ¿Tienes perro? ─le pregunté
─ ¿Cómo? ─contestó
Ana me volteó y cogió mi mano derecha, con la que sostenía el bastón. Se puso de puntillas y susurró nuestra frase al oído.
─ ¿Tienes un perro o no? ─fingí que Ana no estaba...
─ Sí, tengo perro
─ ¿Necesitas que tu perro te complete?
─ Jaime, por favor ─...aunque ella seguía sosteniendo mi mano.
─ ¿Te parece gracioso?¿les parece eso gracioso? ─le pregunté.
─ No es gracioso señor, no es gracioso Jaime, en absoluto.
Guardé silencio. Elevé el bastón, su mano se soltó, y lo plegué.
─ Has tenido que mirar mi nombre en la ficha ─le dije─. Puedes permitirte fingir que no lo has olvidado.

No me había dado tiempo de aprender el recorrido, y menos aún de memorizar las curvas y frenazos en sentido inverso. Ana, que estaba a mi lado, no había dicho nada durante la vuelta y tampoco me había tocado. Pero yo sentía su olor a melocotón.
─ ¿Qué quieres hacer ahora? ─le pregunte, aunque ella no contestó e imaginé que estaba mirando por la ventana─. Lo que yo quiero ─apreté el bastón cerrando el mango con todos mis nudillos─. Lo que yo quiero es levantarme por las mañanas y que no me quede café. Quiero que me duela la cabeza por el calor, tener la oportunidad de levantarme con el pie izquierdo, ¿sabes?. Me gustaría tener miedo de que me despidieran y no tener que hacer frente a este estúpido litigio judicial. Me gustaría esforzarme lo justo para saber de dónde venimos ─comencé a hablar más lentamente─. No tener que estar tan atento si en algún momento quisiera volver─noté que se acercó a mí, noté su aliento cerca de mi cuello─. No me gustaría que tuvieras que acompañarme cada vez que viniera ─carraspeé y se atrancaron mis palabras─. Pero tampoco me gustaría venir solo.
Yo tenía la respiración honda. Sentí su aliento; sus labios casi rozaban mi oreja.
Y entonces dijo esa frase, nuestra frase.

10-4-14

martes, 8 de abril de 2014

Las aventuras de los seguidores del Rayo Vayecano - ejercicio

Finalmente el Real Murcia consiguió ganar el partido contra el Real Cartagena y en la puerta del estadio se congregaron la totalidad de sus seguidores más afanados, entre los que nos encontrábamos camuflados. Dicha circunstancia, en la que nosotros cuatro, como seguidores ecuánimes del Rayo Vallecano, debíamos impedir toda manifestación de nuestra pasión, resultó, una vez que se vió prolongada durante un largo tiempo, complicada, dada la tendencia por nuestra parte de condescender con ese incomedido sentimiento de ultraje, potenciado éste por un continuo impelimento de nuestra identidad grupal; la incondicional aversión a todo proselitismo, ya sea al Real Murcia o cualquier otro partido o congregación que no derivaran directamente del Rayo Vallecano; y los continuos pisotones con esparto de los seguidores del Real Murcia. Pero no todo resultó, al final, necesariamente negativo. Dicha regulación encubierta de nuestra empresa nos permitió percatarnos sucesivamente de ciertas peculiaridades endogrupales de las que no habíamos caído en cuenta, dada la ajetreada tendencia del tiempo moderno a acelerar la actividad civil, y las pocas oportunidades, que por ello, habíamos tenido de poder disfrutar del sosiego de un espacio de privacidad. Sin embargo, la multitud coreaba clamorosamente los cánticos generacionales de la victoria y los individuos retozaban los unos con los otros como perros, o gorilas, en una fase prefecunda. Y fue ahí cuando nos percatamos de que un hombre que ostentaba una pieza de plástico con forma de pene, pero que lejos de la propia representación figurativa pretendía usar con una mera función megafónica, comenzó a dirigir célebres frases al colectivo, para algunos advenidas al caso como aforismos comodines que nunca fallan; “viva el Real Murcia”, “viva la madre que nos parió”, “ole, ole y ole”. Tras lo cual la masa vitoreaba tras cada una de las frases emitidas . Pero para nuestro bienestar grupal, dicha circunstancia y elevación de la intensidad de la ceremonia, solamente consiguió ponernos más nerviosos, además de procurarnos una indigestión cognitiva, que en el caso de Leopoldo le llevó a un estado catatónico del cual salió una vez los basureros, a las tres horas, ya habían recogido la mitad de los residuos ceremoniales, y el resto de nosotros había salido del ratio carismático que caracteriza a Murcia. No sin antes, por supuesto, haber empaquetado unos cuantos pasteles murcianos para nuestros antecesores familiares. Pero en aquel momento de jolgorio sin parangón, cierto es que nos sentimos completamente bloqueados, tal como declaramos en aquel informe que a los cuatro días suscribimos decretando que no volveríamos a hablar del asunto. Consienta usted esta disensión, dados los márgenes extravivenciales en los cuales el contrato de nuestra relación está enmarcada. El caso es que nos sentíamos bloqueados, no sabíamos cómo comenzar, cómo elaborar nuestra misión, habíamos perdido todo propósito pese a la esclarecedora sencillez de la operación y las precisas directrices que el heladero del callejón consiguió transmitirnos. En aquel momento, dichos propósitos de nuestra empresa se desplazaron a un lugar desconocido hasta entonces por nuestra conciencia, experimentamos el hosco emplazamiento de la agnosia, incluso un sentimiento acuciante de muerte. Mientras que, insisto en este punto, estábamos completamente rodeados por Murcianos absortos que coreando el himno de su victoria, y que tenía un efecto agonizante y estertoroso en todos nosotros, más acuciante aún dada la necesidad de ocultación. Y aunque habíamos olvidado el motivo por el que habíamos partido, le digo yo, que todos entendíamos en ese momento la fútil insignificancia de un espermatozoide y la sobrecarga que puede llegar a experimentar cuando se encuentra en la tesitura de tener que ir para el lado izquierdo o el derecho. Sí, me refiero a las depuestas trompas de falopio y no a los testículos; puesto que si el espermatozoide se viera en la tesitura de elegir cual será la cuna depositoria de su efímera existencia, sería esto una cuestión de tal calado existencial, que pese a su relevancia, acabaría por ser tan gastada como; “¿si dios lo hizo todo, quién hizo a dios?”, o el caso de esta otra, más sutil y por ello más perniciosa; ”señor, ¿es normal que tienda a descalificar a la mantis religiosa por su escabrosa forma de vida?, ¿no es acaso esto el atisbo de un mensaje divino, o el canal que nuestro señor usa, para decirnos que el sexo está mal, tal como chuparse el dedo de pequeño por el verificado desvío de molares que ocasiona?”.
Estábamos nosotros alcanzando una perfecta entelequia de nuestra crisis, cuando Leopoldo, sin salir de su estado catatónico dijo;
─ No soy capaz de entender por qué estamos aquí, me siento perdido, y también desconsolado.
Dicha concienciación, pese a la evidente espasmosidad sostenida de Leopoldo, me permitió reaccionar súbitamente y desligarme de esta especie de estupor en el que como grupo nos estábamos sumiendo. El resto de los componentes del grupo seguían en estado de estupor mirando al cielo y realizando unos sonidos guturales ininteligibles pero que poco a poco comencé a discriminar como hipnos cánticos del Rayo Vallecano Dicha apreciación me incitó a actuar de manera apremiante, puesto que si solamente un Murciano se percataba del contenido de dichos anunciamientos alienantes; nuestra misión se vería completamente fracasada. Al final opté por sacarme la cuca y orinar en los pies de mis compañeros, lo cual les permitió volver a conectar con los parámetros más normalizados de la realidad.
─ ¿Qué ha pasado? ─dijo José─ ¿dónde he estado?¿por qué me has meado?
─ Ahora da igual ─comencé a exponer─ las respuestas irán surgiendo en el debido tiempo. Resituaos, y simplemente entended que este paréntesis, o lapsus, debe tener alguna explicación racional. Simplemente ahora no es el momento de detenerse, si así sucede, nuestra misión fracasará. Por ello os insto encarecidamente a que recordéis nuestro compartido cometido. Y respecto a lo de la orina; es consabido que en momentos desesperados mear en el pie resuelve toda situación desregularizada; tal es lo que quedó implícito en el imaginario colectivo de nuestra particular generación gracias a el sorpresivo episodio de “Friends” en el que a Joey le picaba una medusa.
─ No sé si es normal ─reflexionó José─ pero siento que tengo gran capacidad para entender en este momento todos los misterios e inquietudes que puedan ser planteados, siento que he conectado con la raíz más trascendente del problema humano.
─ No recuerdas dónde has estado, pero todavía preservas la sensación residual resultado de la potente sugestión de la crisis existencial. Y es normal que no hayas sido capaz de salvaguardar la memoria de todo lo acontecido. No debe ser esto motivo de escarnio ni debe retrotraerte a las afrentas del jardín de infancia. Es normal que olvides, tu viaje fue tan intenso que ha resultado ser incontenible para tu conciencia; insoportable para la levedad de tu sistemático discurrir cognitivo, curtido de tal modo en parte por los reforzantes beneficios del fútbol y el azúcar refinado.
─ lo que dices ─se tocó la frente─ ¿debe hacernos perder el control, la coherencia?¿debo dejar de amar al equipo?
─ No ─reflexioné dos seguidos con el motivo de hacerme entender de la manera más taxativa posible y pasar página sobre el dichoso e impertinente problema de la alienación espontánea; ya sé yo que adentrarnos en una horda como la del Real Murcia iba a ocasionar de sobremanera un contraste con nuestra identidad social, pero ya los riesgos están asumidos y ahora debemos tirar para alante─ Debemos ser meditativos, observarnos a nosotros mismos con perspectiva y distancia precisa, discernir la solemne verborrea y la acción noble de las quejas subcorticales, primitivas y vulnerantes que puedan surgir en episodios críticos de nuestra vida, pero cuya emergencia debe permitirnos recordar los principios por los que nos movemos; reafirmarnos en el pasado y saber que toda divagación malograda es solo propia de espiritualistas perroflautas y alternativos de poca monda que no quieren pagar los impuestos de los fármacos que mantienen a nuestra prole tranquila.
─ ¡La tesitura!¡el espermatozoide!─se tiró de los pelos─ ¡ese abismal dilema! !el camino de la nada, Pedro!
─ ¡Vas a llamar la atención! ─tuve que optar por propinarle dos guantazos ─ya estás fecundado, José, ¡deja de tocarme las pelotas y vuelve a la realidad!
─ Es que...
─ He dicho que ya estás fecundado, dejaste hace muchos años atrás tu forma de vida espermatológica, ¡ahora eres un seguidor del Rayo Vallecano!
─ Yo...─ José proyectó los ojos al cielo, y los cánticos del colectivo se nos hicieron más notables. Poco a poco condescendimos con una serena y concienzuda toma de tierra. Como ya quedó sabido, fue Leopoldo el único que no pudo salir del inesperado estado catatónico en el que quedó. Pero muy lejos de resultarnos preocupante, obtuvimos José y yo un gratificante desahogo al poder prescindir de sus continuos antojos y poder centrarnos en nuestro objetivo.
Los bramidos y la estridente celebración de los murcianos era lo que seguramente había ocasionado nuestra crisis pasajera. Pero lejos de ahondar en este tema, decidí emplazarlo para otra ocasión. José y yo nos miramos a los ojos, nos cogimos las manos durante contenidos segundos, y sentimos la unívoca necesidad de empezar a llevar a acabo un adecuado escrutinio del colectivo para alcanzar la consecución de nuestro logro. Y sí, no había más opción, era en ese momento o ya no era nunca más. Debíamos hacernos con la identidad real del misterioso afiliado de nuestro equipo natal; Arrugas Melos.
Los siguientes pasos no fueron complicados, todo se desarrolló por sí mismo y cada paso llevó necesariamente al siguiente. La verdad es que no hizo falta profundizar mucho en el espionaje para saber que el carismático Arrugas Melos se hacía llamar Micondo Tretis en el Real Murcia. Dado que en la celebración de la victoria, en un sector más conservador de la horda de seguidores, todos los viejos y viejas, niños y preñadas rezaban alrededor de la escultura que representaba nuestro objeto de búsqueda. La escultura estaba hecha de plata, con sumo detalle y perfeccionismo, y alzaba una de sus manos mirando al cielo con unos ojos entreabiertos que le glorificaban mientras ascendía a una especie de nirvana. De su boca salía un fino bocadillo, también logrado con plata, del cual podía leerse la frase, efectuada con incisiones seguramente antes de que la plata quedara completamente enfriada; “acho que calor”. Según nos informó un hombre semiposeído por la plegaria colectiva, que se encontraba de rodillas llorando y bebiendo calimocho, el llamado Micondo Tretis había ejercido de guía de las almas perdidas y que todos lo que allí se encontraban vivían, hasta su aparición, malamente en la intemperie.
─ Él nos inculcó con sutileza y retórica las reconfortantes ventajas del fanatismo. Nos explicó las reglas del deporte futbolístico y nos enseño lo que es un fuera de juego, el significado de la palabra árbitro, y la verdad, poco más.
─ ¿Por eso lo veneráis de ese modo? ─le dije movido por una curiosidad innata.
─ No necesitarías enseñarle a un fumeta las propiedades del cannabis, ¿verdad?. Puede, en todo caso, que él lo busque por aburrimiento o inducido por una hipotonía que le impida levantarse de la cama, pero que despierte la curiosidad de usar el ordenador que habita en su lecho como la jeringuilla de un diabético. Pero aquí, en este club, nunca jamás nos aburrimos.
─ Andrés ─me susurró Jorge─ ha dicho diabético.
─ Lo sé, pero no es momento de hablar sobre la etimología de la palabra. Aunque, pensándolo bien, pudiera ser que en un momento desesperado, criticar la constitución de la diabetes a través de una inducción planetaria procurada por una conspiración del País Vasco, y más concretamente el Betis, sería una oportunidad perfecta para estimular con los murcianos una confianza que pueda ponerse en entredicho, y ya de paso endosar a esos malditos cerdos del Betis un buen hostigamiento del que no tengan ya valor de desquitarse. Pero no quisiera adelantar acontecimientos, José
─ ¿De qué habláis? ─el calimochero nos miró estupefacto, y a la vez distraído, impelido por un rítmico son al que los seguidores coreaban frente a la escultura de Micondo Tretris.

8-4-14

domingo, 30 de marzo de 2014

Mirar fuera

Es estimulante
hacer frente a los misterios,
aunque tu posición ante el mundo se diluya
y tu voz tenga menos eco
o requiera más esfuerzo.
Y también es normal
que entonces todo parezca ruido
o que se repita con melódica simpleza,
con su patrón
de inicio, desarrollo y desenlace.

31-3-14

INDETERMINACIÓN

Pienso que somos una cosa 
y muchas cosas,
que hay muchas partes de nosotros
que responden
a diferentes necesidades.
A veces me he torturado por no ser claro
y he tildado mis vaivenes de conflicto,
¿pero sabes qué?
el sexo es mucho más que sexo,
el amor es mucho más que amor
y yo soy mucho más incluso de lo que creo
y a la vez soy menos.
Solo quería decirte, que mañana como en antropología
porque tengo una tutoría con Félix,
por si te pillaba bien para comer juntos.

31-3-14

sábado, 29 de marzo de 2014

el reloj de arena

¿Pero a ti te gusta escribir?, me pregunta ella mientras paseamos por los jardines de la granja. Es Domingo, los fines de semana no tenemos que trabajar y hoy ninguno de los dos propuso coger el autobús para ir a la ciudad, a pesar de que hace un día perfecto. Ana es pintora, estudió bellas artes en Madrid y ahora quiere viajar para aprender inglés. Hoy hace dos semanas que vino a al granja, llegó empapada y algo atorada; no estaba acostumbrada a la lluvia de Irlanda. Le destinaron la cama sin ocupar de la habitación en la que yo dormía, lo cual, lejos de facilitar que me familiarizada con ella me volvió aún más retraído que en otras circunstancias. ¿No me respondes? Te he visto escribir algunas noches, ¿es un diario?. ¿Qué quiere que le cuente? ¿Que soy un trotamundos que no cree en la utilidad de casi nada? ¿Debo describirle mis escritos trabados del cuaderno? ¿Debo contarle que escribo por el mero hecho de abusar de la palabra y de la fugacidad de imágenes como si fueran búnkers ante la realidad?. Tengo que ir a coger algunas calabazas; me despido y me dirijo al bosque; si mi reacción no le ha resultado estúpida, al menos debió resultarle inquietante. En Irlanda nunca deja de llover, pero en algunas parcelas del bosque las hojas de los árboles retienen la lluvia. Cuando paseo por debajo de los árboles siento que un imperfecto paraguas me cubre junto al envolvente sonido de las hojas, como si fuera una carpa de circo y yo un animal descansando en la noche. Al final las gotas caen, y aunque eventualmente, desde la corona de los árboles son arrojados pequeños torrentes de agua que se acumularon en la concavidad de las hojas, toda la parcela está inundada de pequeñas gotas que parece que se resisten a tocar el suelo. Flotan livianas, como si se hubieran descargado en la frondosidad, como si se hubieran limpiado hasta desgravitarse al final de su trayecto, justo antes de morir. Ando dejando mis huellas sobre el barro, avanzo, y a cada paso las gotas se posan en mi como polillas, o quizá soy yo quien se posa poco a poco en ellas, hasta flotar del único modo posible; sintiendo la muerte debajo de mis pies, o intuyendo un arrojadizo abismo en algún lugar próximo.
El terreno es húmedo, un pequeño riachuelo cruza el camino compuesto de hojas rojas. Me desvío y lo sigo desmarcándome de la senda. A los diez metros llego a una pequeña reclusión de agua coloreada por extrañas bacterias. Un tallo nació del fondo y sus pequeñas ramas asoman hacia la superficie, el agua estancada permitió que creciera. En este tipo de encuentros con la naturaleza encuentro una perfección indescriptible; todo sucede gracias a un silencio que se eleva sobre el constante fluir del agua, y que va más allá del rozamiento de las hojas, que se mueven por el efímero tránsito del viento. La naturaleza tiene su propio latido, y todo sonido, por impredecible que resulte de primeras, acaba encharcándose de una sincronizada respiración. En la playa de la concha el calor es insoportable, a veces lo anhelo, aunque he dado tantas vueltas por el mundo que ya no sé qué es lo que más echo en falta. Pero a veces suelo recordar las olas, siempre constantes y latentes en todos los momentos que compartí allí. Esas olas fueron como el latido de mi madre mientes estuve en su vientre. ¿Acaso no todas las cosas nos retrotraen a otra cosa anterior? Quizá ese latido que yo patenté, en el mar y ahora en este bosque, siempre ha sido el mismo. Si esto es así, entonces todo está dentro de mí; no hay nada fuera, y en este bosque no acontece espiritualidad alguna y todo es una pantomima practicada. Al final siempre me enfado, concretamente me enfadan las vueltas que siempre doy en mi mente, las vueltas que doy por el mundo, y hasta las vueltas por este bosque acaban resultando tediosas, por no hablar de las vueltas que doy entre la exuberancia y el desprecio por lo vivo. Siempre he sido un testigo de mi vida; me dijo un anterior “woofer”. Él era terapeuta y hacia un alarde desmedido de su actitud por decir todo lo que piensa. Pero tenía razón, evito hablar de mi vida para evitar que alguien desmienta mi frágil torre de marfil. Me he pasado la vida entera buscando, buscando y buscando, y solamente he encontrado espejos en los que he conseguido validar mi reflejo, y he olvidado que un espejo frente a otro extingue la energía de la luz, y al final el espejo no refleja nada. Cuando la tristeza se junta con la tristeza la tristeza se potencia aún más, eso, o también uno puede tomar la decisión de congraciarse en una tarea litúrgica de colorear una vida sin ambages; qué mejor que cuatro manos para pintar sobre cristales oscuros. ¡Toda la vida es un espejo! La habitación donde duermo, cada ciudad a la que viajé y en la que intenté olvidar que estuve en la anterior. Ana también es un espejo, un espejo reaparecido en el que ya me arrojé miles de veces. Toda porción de tierra y de mar es un espejo, la arena de la playa de la concha es un espejo, y esa arena que pisé durante años fue la que compuso la estructura del reloj que he cargado otros tantos, y cuyos dos recipientes también se miran y se anulan mutuamente como dos espejos. Las olas que cadenciaban mi relación con Gabriel, esas olas. Me desgarra por dentro falsearlas, deshacerme de ellas. También en torno a Gabriel doy vueltas. ¿Sabría él que se había convertido con los años, aunque ni tan siquiera habláramos, en el eje de mi amor y mi tedio? ¿Sabía él lo que hacía cuando me lanzó animoso a esta aventura, cuando me pidió que escapara?. No sirve de nada saber, me he levantado demasiadas mañanas constatando que la mentira es inextricable. Lo que pienso son impulsos bioeléctricos, lo que recuerdo son impulsos bioeléctricos, lo que siento son impulsos bioeléctricos. Siempre he renegado de toda condescendencia con mi propia naturaleza; “el rojo es amor, el verde es frondosidad, el marrón es caducidad”. He requerido construir una vida entera basada en la continua deconstrucción de mis fenómenos básicos; lo mío ha sido cortar y recrear, cada vez de forma más compleja, cada vez creyéndome más especial, pero lo único que he conseguido es haber vivido quince años en la carpeta del borrador. Siempre me he creído libre, he intentado jugar a las marionetas con mis impresiones, pero jamás he intentado preguntarme por el origen de mis títeres, ni siquiera les he apreciado, ni siquiera les he dado valor ¡Oh dios!. Apoyo mis manos en el césped, está húmedo y mis dedos se untan de fango. Me he convertido en un hombre de metal. He operativizado los elementos de mi, mirando los árboles y olvidando el bosque, he operativizado lo que creo que controlo para ejecutarme libre en la vida, y esperando una correspondencia inmediata por mi fortaleza. Jamás he mirado la vida por lo que es, y nunca me he preocupado por entender el lenguaje. Pero la parte más esencial de mí me ha astringido por detrás, me ha atorado noches enteras la garganta, ha extendido las arrugas de mis párpados, ha inflamado mi corazón para convertirlo en una pesada carga que siempre he acumulado en el pañal. Y ahora me duele la cadera de tanto cagar mi integridad. ¡Gabriel! Tú me empujaste a otra vida, y yo te he odiado porque mitifiqué tu franqueza, di crédito a tus designios como si fueras un guardia de tráfico y yo un conductor nobel. He manufacturado un maestro sagaz del relativismo y jamás he visto la absoluta determinación que tu figura ha tenido en mí. He querido crear una planta de tu semilla, y he convertido ese medio en mi objetivo. Y lo he estado haciendo con adornos, con bolas de navidad, sin escucharme profundamente, si acaso apreciando los recuerdos maquetados, categorizando las ondas de los latidos, acudiendo a la meditación, como a este bosque, como acudía a misa los domingos con mi madre pensando en el croissant del después. No me he escuchado porque únicamente he mirado el tiempo a través del cristal del reloj que me diste. He seguido adelante, he tenido miedo a romperlo y he sublimado la belleza, sin entender su fundamento. Quiero mojar la arena seca en estas tierras húmedas, quiero ser una gota flotante que sobreviva al frondoso estrato de la planta que generé y que lleva tu nombre, quiero bajar al espacio terrenal y moverme liviano, sin pañal, al menos, antes de alcanzar la muerte. En realidad quiero la muerte, y quiero rebotar al borde del abismo para dirigirme a un nuevo recodo. ¡Sin arcángeles, Gabriel!. Quiero romper el tiempo y hacer añicos todos los espejos. Sin arcángeles, Gabriel, esta vez sin arcángeles.


29-3-14

martes, 25 de marzo de 2014

el reloj de Gabriel

El colegio fue algo fugaz, aunque en él aprendí todo lo necesario para saber cómo saber, o cómo no saber, lo cual se convirtió a lo largo del tiempo en mi más esencial inquietud. Algo se gestó en la playa, de eso estoy seguro, desde el momento que aquella pelota se me escapó de las manos, y Gabriel la cogió, enfadado, por haberse enredado entre su red.
Qué decir del aula del colegio, donde compartí tantos momentos con mis amigos, donde reíamos y nos preocupábamos por otro son que no se batuteaba por nuestro tutor. Esos pasillos extensos y las luces ocre de las viejas lámparas tendidas del alto techo, sobre el que la indiferencia de nuestro albedrío no llegó a plasmarse, sobre el que las generaciones pasaron royendo como ratones que conocen a la perfección el principio de placer y que se privan de cuestionar la procedencia de la mano que los alimenta. En esos pasillos, vivimos condensando nuestra marcha de aula en aula, empujándonos con las mochilas, luciendo nuestros peinados y yéndonos la vida en ello. Por ese pasillo anduvimos durante años, para luego, perdernos en el tiempo, en un angosto mar, donde todos nos perdimos de vista como un zócalo que la erosión divide.
A saber qué sería de Juan el del tirachinas, o de Jorge el metegatos o Antonio y sus peleas en el campo con las abejas.

Pero al fin y al cabo, ese colegio era una extensión de la oquedad de mi hogar. No era sino en la playa, donde el sol no dejaba de fulgurar y las dispersas conchas avisaban de su localización con el reflejo del sol, donde yo descubrí un espacio diferente, un espacio intersectivo que conectaba mi vida de ahora con mi pasado. Era Gabriel, en su labor constante, en ese rincón que las rocas protegían del viento y que preservaban su temple, donde él con sus precisas palabras, consiguió que yo valorara el silencio, y que imaginara el movimiento de las rocas, pese a su obvia quietud. Y daba igual donde estuviera porque ese silencio y ese movimiento siempre volvían a mí de algún modo. Siempre estaba ahí, ya sea en los laberintos de las tuberías que se escondían en tantas ciudades por las que paseé, o en los árboles, como éste, sobre el que me recupero apoyado tras ocho horas de reforestación con la familia Hadddison. Al final todo volvía a su primer código: Gabriel. Era aquel hueco minúsculo del mundo, en la playa de la concha, sobre esa arena fina que fue de un hueco a otro del reloj; fue Gabriel en la intersección, lo que cambió las dimensiones del tiempo. Aunque era yo el que debía ahora romper los cristales del reloj que contiene esa arena. Fue allá, en el otro lado del mundo, donde la semilla, que cada vez toma más parte de mí, se gestó, se regó y comenzó a germinar. Y fue en el reflejo de Gabriel, aunque no lo viera, y en mi marcha, y en mis continuos reencuentros, donde acabaría por descubrir esa semilla enraizada en mí. Esa semilla es ahora innegable, mucho más clara de distinguir una vez que el tiempo y la paciencia se combinan para destrincar la madeja que la rodea. Al final la descubrí ahí, negada por la memoria pero indeleble en mi recuerdo. Esa semilla siempre me hizo querer más, querer incluso lo que no era capaz. Esa semilla se apropiaba de todas mis compañías, de las personas que más cerca estuvieron, pero que yo desterré. Era como un imán con dos polos, lo que temes y lo que más profundamente anhelas. Sin Gabriel no hubiera habido conflicto, sin conflicto no hubiera habido búsqueda, sin búsqueda nunca habría encontrado este silencio; el hueco sin viento, donde la pelota y el juego se enredaron aquel día en la sencilla labor de mi maestro.


25-3-14

viernes, 21 de marzo de 2014

Sutil posesión de mi

El afán de cupido dispara mi pecho
desnuda mi mitad, y desplaza la otra.
Cierro los ojos, y me apunto como un surfero a las olas.
Mi otra mitad pasea allá, 
en otro camino, 
en otra historia. 
Yo me despierto asustado,
en la cuna de tus manos, 
sintiendo el vértigo 
de una gota desprenderse del resto,
que cohesiona su forma en la caída, 
y se nombra, 
como un rayo que el ojo captura.
La reclamo, 
al final reclamo mi otra mitad, 
y me asusta el velo que cubre este abrazo.

Me libero de ti.

El entusiasmo del espíritu 
me chupa detrás de la espalda
y me precipita a la simbiosis de sinsentidos 
que se funden con los sueños;
como burbujas en un vaso.
Los misterios de la muerte 
se esconden detrás de las conexiones
que reverberan con la luz, 
o que se pliegan debajo de la almohada.
Los misterios de la muerte esperan 
como un espejo negro 
detrás de la coherencia,
y abrazan, como serpientes, las sinapsis;
y yo olvido los nombres y el tiempo.
Mis afectos se atrapan dentro del muro, 
y en él apoyo mis manos,
y siento el latido que quema 
la lámina de las fotografías 
que pasan por el río,
para nunca volver.
Miro desde la orilla; ni dudas, 
ni respuestas asoman en mi pecho.
Porque ahora soy el árbol, el árbol pleno 
que entiende el lenguaje del sol.
Mi congoja ahogada sale, socorrida, por mis poros,
y yo lloro mi esencia perdida
en mitad de la calzada.
El tráfico se para, todos me miran.
Me gustaría que ellos trascendieran de los códigos,
que salieran de sus cabinas metalizadas,
que sintieran el sensible ciclo del polvo
y sus moléculas navegar 
por el cielo de las persianas
como barcos de neverland.
Me gustaría, sencillamente,
que anhelaran
las ramas más profundas
que atoran sus conductas,
que señalaran con tiza el carril de fábrica
sobre el que sus latidos se disponen, ya escrutados.
No han contemplado, 
no lo han hecho aún;
la inmensidad indecible,
ni la desesperación de la palabra que se anula y
asume su insuficiencia.
Han descreditado la figura de su dios,
porque han pensado
que el ocaso lo constituye el verbo;
y odian engañarse.
Aunque, sin darse cuenta,
han vertido nombres sobre el mapa,
y ahora viven en el mapa.
Han desterrado a su dios,
lo han quemado,
aunque han creado
una manada de becerros dorados,
y no se han preocupado por los andrajos 
que obstruyen el hoyo que se oculta
debajo de sus camas.
Han olvidado los abismos,
la construcción prenatal del latido,
el proceso por el que los perros
aprendieron a ladrar.

Y han mirado la luna,
para reproducirla,
en un emoticono.

No pienso amar;
ni tu cristal
ni mi sombra

21-3-14